martes, 3 de julio de 2007

El pueblo de la cima: una aventura de Conan de Robert E. Howard


Por
Bjorn Nyberg



Título original: THE PEOPLE OF THE SUMMIT

© 1970 by Hans Stefan Santesson

Edición electrónica de diaspar. Málaga abril de 1999

* * *



–¿Por qué nos demoramos aquí, Conan?

–Los caballos tienen que descansar. ¡Veamos si aún nos siguen esos diablos khozgari!

Se apartó la larga aleta de ropa que le protegía el rostro y, antes de hablar, escupió al suelo. Los estremecidos y sudorosos flancos de su caballo y su boca cubierta de espuma, eran buena prueba de la necesidad de aquella parada. Los ojos azul humo de Conan se destacaban mucho sobre el tono bronceado de su rostro, complementado por el rojo turbante que rodeaba su casco puntiagudo y su túnica roja, faja negra, calzones originalmente blancos y botas negras. Su ancha manga izquierda llevaba bordada la cimitarra dorada de sargento de la caballería fronteriza turania.

Su camarada, un alto y enjuto turanio de ojos negros, iba uniformado como el cimerio, a excepción de la insignia de mando de éste. Además de la cimitarra y la larga lanza, llevaba un pesado arco de dos piezas y un carcaj de cuero lleno de flechas.

–¡Maldito sea ese estúpido Emisario Real! –gruñó el cimerio ¡Y eso que le previne contra los khozgari y sus corazones traicioneros! ¡Pero el muy asno cabezón no quiso escucharme! Nada más pensaba en tratados de comercio y en una nueva ruta para las caravanas. De modo que ahora su cabeza cuelga entre el humo de la choza del jefe junto con las de nuestros camaradas. ¡Y maldito sea el teniente por aceptar que la reunión tuviera lugar en el poblado de las rocas!

–Tienes razón, Conan, pero, ¿qué otra cosa podía hacer? El emisario tenía poderes absolutos. Nuestra tarea era protegerle, obedecerle, y nada más. Objetar a sus deseos hubiera significado una cimitarra rota y una degradación a soldado raso para el teniente. Ya conoces el carácter del capitán.

–¡Es mejor la degradación que perder ocho cabezas! Tuvimos suerte en poder escapar nosotros cuando nos atacaron. Pero escucha... –alzó la mano, frunciendo el ceño –. ¿Qué es eso?

Se sentó muy erguido en su caballo, mientras sus ojos recorrían las cañadas y fisuras en busca de algún signo del origen del débil sonido que había oído. En silencio, su compañero descolgó su gran arco y colocó en él una flecha. La mano de Conan aferró la empuñadura de su larga cimitarra.

Abandonó la silla de un salto y corrió hacia la cercana pared de roca como si fuera un toro que carga, pues por un huidizo instante había visto un ser de dos patas que atravesaba la estrecha garganta y comenzaba a escalar la pared del farallón con la agilidad de un mono.

Conan llegó a la pared, encontró apoyos para sus manos y pies y comenzó a subir con los fluidos movimientos de un habitante de las colinas. Se alzó a pulso sobre el borde superior y se echó a un lado al tiempo que un pesado palo descendía allí donde había estado su cabeza. Asió los brazos de su atacante antes de que pudiera darle un nuevo golpe, y luego lo miró.

Era una muchacha, sucia y desmelenada, pero indudablemente una muchacha, y su cuerpo hubiera sido digno de las estatuas de un artista real. Su rostro era hermoso aun a pesar de la suciedad, y ahora estaba llorando de ira impotente, zarandeando con fiereza sus bien torneados brazos para tratar de huir de la presa, firme como una roca, de su enorme aprehensor.

La voz de Conan sonaba ruda por las sospechas:

–¡Eres una espía! ¿De qué tribu?

El desafío ardía con un fuego indomable en los ojos de la muchacha mientras le escupía la respuesta:

–¡Soy Shanya, hija de Shaf Karaz, jefe de los khozgari y dominador de las montañas! ¡Te ensartará en su lanza y te asará sobre el fuego del consejo por haberte atrevido a ponerme las manos encima!

–¡Como que te voy a creer! –se burló el cimerio –. ¿La hija de un jefe aquí, sola, sin una guardia armada?

–Nadie se atreve a poner la mano con violencia sobre Shanya. Los theggir y los ghoufaga se esconden en sus chozas cuando pasa Shanya, la hija de Shaf Karaz, cabalgando camino de la caza de la cabra montés. ¡Perro turanio! ¡Suéltame!

Se debatió airada, pero Conan mantuvo su escultural cuerpo entre el torniquete de sus brazos.

–¡No tan deprisa, bella mía! Serás un excelente rehén para que pasemos sanos y salvos este territorio, hasta volver a Samara. Irás sentada frente a mí en la silla durante todo el camino, y será mejor que te estés quieta, o te llevaré todo el viaje atada y amordazada. Elige lo que prefieras.

–¡Perro! Por el momento haré lo que dices. ¡Pero cuídate bien de no caer en manos de los khozgari!

Alzó sus masivos hombros en fría indiferencia ante su enfado.

–Hace un par de horas nos tenían rodeados, pero sus arqueros no hubieran acertado ni a una de las paredes de este cañón. Mi compañero Jamal podría vencer a una docena de ellos en un duelo a arco. ¡Pero basta ya de cháchara! Vamos a marchar, y marchar deprisa. De ahora en adelante, mantén tu hermosa boca cerrada, pues me resultaría muy fácil amordazarte.

La boca de la joven estaba contraída por su inútil ira, mientras los caballos comenzaban su cuidadoso camino por entre las rocas y los peñascos.

–¿Qué camino planeas tomar, Conan?–la voz de Jamal sonaba ansiosa.

–No podemos regresar. No me fío demasiado de que respeten un rehén en el calor de la emboscada. Cabalgaremos rectos hacia el sur para llegar al camino a Garma y cruzaremos la región de las Montañas Brumosas por el puerto de Bhambar. Eso nos dejará a dos días de camino de Samara.

La muchacha se volvió para darle la cara. Su rostro se había quedado muy blanco por un repentino pavor.

–¡So estúpido! ¿Eres tan ignorante y atolondrado como para intentar cruzar las Montañas Brumosas? Son el cubil del Pueblo de la Cima. Ningún viajero que haya entrado en ellas ha regresado jamás. Sus habitantes salieron en una ocasión de las brumas, durante el reinado de Angharzeb de Turán y derrotaron a todo su ejército mediante la magia y los monstruos, cuando el rey trató de recuperar los terrenos de enterramiento de los antiguos turanios. ¡Es una región de terror y muerte! ¡No vayamos allí!

La réplica de Conan fue indiferente:

–En todas partes hay cuentos de viejas acerca de demonios y monstruos que nadie ha visto jamás. Es la ruta más corta y más segura. Si damos un rodeo, tendremos que pasar unas semanas en el calabozo por habernos entretenido en el camino.

Urgió a su caballo. Los cascos resonaron estrepitosamente en las piedras mientras trenzaban su camino hacia delante por entre las colinas.


–¡Es tan espesa como la leche de una yegua!

La exclamación surgía de los labios del compañero turanio de Conan. La niebla colgaba húmeda e impenetrable y solo podían ver a algunos metros por delante. Los dos caballos caminaban lentamente, lado a lado, tocándose de vez en cuando y tanteando su camino con cuidadosos pasos. La lechosa niebla no tenía siempre la misma densidad: su blancura se arremolinaba y ondulaba y, de vez en cuando1 se podían ver por un instante las peladas paredes del puerto de la montaña.

Los sentidos de Conan estaban muy alerta; con una mano mantenía desenvainada la cimitarra, y con la otra aferraba con firmeza a Shanya. Sus ojos llegaban hasta el extremo límite de la visión, aprovechándose de cada fisura en la niebla para efectuar un reconocimiento.

El alarido de la muchacha le produjo un repentino sobresalto, haciéndolo detenerse. Ella señaló con un dedo tembloroso, acurrucándose en la silla contra el enorme pecho de Conan.

–¡He visto algo que se movía! ¡Por un instante! ¡No era humano!

Conan recorrió el lugar con sus ojos entrecerrados. Un casual arremolinamiento de la niebla aclaró por un instante la vista hacia delante, y se envaró en la silla, para luego relajarse. Hizo que los caballos siguiesen su camino.

–No hay nada de que preocuparse, hermosa mía –la forma que había frente a ellos no era hermosa. Un esqueleto humano colgaba de dos estacas cruzadas en aspa. Los huesos se hallaban unidos por algunos trozos de tendón, jirones de vestimenta y carne reseca. El cráneo yacía por el suelo, sonriente; las vértebras del cuello parecían estar rotas, como si hubiesen sufrido un giro de enorme violencia.

Les llegó un sonido por entre la bruma. Comenzó como una risa demoníaca que aumentaba y disminuía de volumen, transformándose luego en un irritado parloteo para terminar en un gemido ululante. La muchacha estaba rígida de terror. Movía sus resecos labios:


–¡Los... los demonios de la Cima! ¡Antes de que caiga el sol nuestros huesos estarán mondos en sus moradas de piedra! ¡Oh, sálvame! ¡No quiero morir aquí!

Incluso Conan parecía estar estremecido por la desconocida amenaza y la escalofriante atmósfera, pero apartó su miedo con un alzarse de hombros tanto mental como físico.

–Estamos aquí, y tenemos que pasar al otro lado. ¡Que ese que aúlla se ponga al alcance de mi hoja, y entonces aullará por otro motivo!

Su caballo volvió a caminar hacia delante. Un gran estrépito y un alarido gorgoteante sonaron tras él. Al mismo tiempo notó un fuerte tirón que le daban á la muchacha y, antes de poder aferrarla con más firmeza, fue alzada hacia las alturas, por entre la niebla, al extremo de una serpenteante cuerda. Su caballo se encabritó locamente, fue derribado al suelo y oyó alejarse el ruido de los cascos de su montura mientras se ponía en pie.

Allí yacía Jamal, aplastado bajo una gigantesca roca, junto con su caballo. Su brazo inerte sobresalía de la grisácea piedra, aferrando el gran arco de guerra y un puñado de flechas. Conan tomó el arma con un rápido movimiento. No perdió tiempo en lamentar la muerte de su camarada. Corría un tremendo peligro. Abría los labios mostrando los dientes en una sonrisa bestial mientras se colgaba el arco de un hombro, se metía las flechas en la faja y aferraba su cimitarra.

La niebla era tan espesa como antes, pero sus reflejos, rápidos cual relámpagos, le salvaron cuando notó el lazo que caía sobre su cabeza. Se agachó, lo agarró con su mano libre y dio un tirón, lanzando al mismo tiempo un grito ahogado, simulando el de un hombre estrangulado. Tenía los ojos convertidos en rendijas mientras era izado por unas manos aparentemente poseedoras de una fuerza inmensa. Notaba en los orificios de su nariz una sensación de humedad, a causa de la niebla.

Unas pesadas manos lo aferraron cuando llegó al borde del despeñadero. Podía discernir unas figuras desdibujadas en la niebla, que allí era menos densa. Se liberó de los dedos que lo asían, y se abalanzó con eficacia silenciosa hacia la sombra más cercana. Una blanda resistencia y un alarido le dijeron que la aguda cimitarra había encontrado un objetivo. Entonces, las sombras le rodearon. Dio la espalda al borde del abismo y volteó la hoja en grandes arcos devastadores.

Conan nunca había luchado en un ambiente tan extraño. Sus enemigos desaparecían en los remolinos de la bruma, para regresar una y otra vez, cual fantasmas. Sus armas le buscaban, pero pronto comprendió que su pericia con la espada era casi nula. Recuperó la confianza en sí mismo, lanzando una estocada acompañada de risas contra sus silenciosos atacantes:

–¡Ya era hora de que aprendieseis algo del arte de la espada, chacales de la niebla! Tender trampas a los viajeros no es lo mismo que manejar bien la cimitarra. Necesitáis lecciones. ¡El golpe por debajo... es así! ¡El mandoble por lo alto... así! ¡La finta hacia arriba con la punta en dirección al cuello... se hace de este modo!

Sus exclamaciones iban acompañadas por demostraciones que dejaban a las figuras apenas visibles gorgoteando, aullando, o en silencio sobre las rocas. El cimerio luchó con un frío y terrible control de sus acciones, y pronto fue él quien pasó al ataque en una rápida y devastadora carga. Otras dos figuras cayeron ante sus impetuosos golpes y las dos que quedaban se fundieron en la lejanía en una apresurada y aterrada huida.

Conan sonrió con la satisfacción que le daba su victoria. Se inclinó para contemplar de cerca uno de los cadáveres y gruñó sorprendido.

Lo que yacía allí, con unos diminutos ojos que ya no veían y amplias y chatas aletas de la nariz, no era un ser humano. La estrecha frente y recesiva mandíbula eran las de un simio, aunque no se pareciese a los simios gigantes de los bosques que había en las costas del Mar de Vilayet. Este mono estaba desprovisto de pelo desde la cabeza a los pies. Su única vestimenta era una gruesa cuerda que llevaba enrollada a su enorme y caída panza. Conan se sentía asombrado. Los grandes monos de Vilayet jamás cazaban en manadas y no tenían la suficiente inteligencia como para usar armas o herramientas, excepto cuando eran entrenados para realizar tareas especiales en la corte real de Aghrapur.

Además, su espada no era una burda herramienta: estaba forjada con el mejor acero turanio y su curvada hoja tenía el filo de una navaja de afeitar. Conan notó un penetrante olor almizcleño que emanaba del mono muerto. Temblaron las aletas de su nariz y olisqueó el olor. Seguiría el rastro de su presa fugitiva a través del olfato, y hallaría el camino por entre las nieblas.

–Tendré que salvar a esa muchacha estúpida –murmuró para sí en voz baja –. ¡Quizá sea la hija de un enemigo, pero jamás dejaré a una mujer en las manos de unos monos imberbes!

Caminó hacia delante siguiendo el olor, como un leopardo que va de caza.


Cuando la niebla comenzaba a hacerse menos espesa, caminó con más precaución. La pista olfativa daba vueltas y revueltas, como si el pánico hubiera alterado el sentido de la dirección de su presa. Sonrió hoscamente. Era mejor ser el cazador que el cazado.


De vez en cuando se alzaban altas pirámides de gigantescas piedras esféricas entre la niebla que había a ambos lados del camino. Conan sabia que aquéllas eran las antiguas moradas de los muertos, los túmulos de los jefes de las primitivas tribus turanias. Ni siquiera los monos parecían haber intentado demolerías. El cimerio rodeó cuidadosamente cada una de las tumbas, tanto para evitar una posible celada, como por reverencia hacia aquellos que yacían allí.

La niebla había desaparecido casi totalmente cuando llegó a las alturas superiores, y entonces el sendero llegó a una estrecha pasarela en lo alto de la montaña que atravesaba un abismo vertiginoso. Al final de la pasarela una gigantesca torre cilíndrica de piedras se alzaba hasta una imponente altura, en la misma cúspide de la montaña. No podía verse ninguna señal de vida. Conan se ocultó tras una de las tumbas que había al extremo del sendero, espiando la situación. La misteriosa torre apuntaba al cielo, como un maligno índice que se recortase contra el fondo de gigantescas montañas.


Shanya se despertó en un extraño lugar. Yacía sobre un diván cubierto por una basta tela negra. No llevaba puesto grillete alguno, pero la habían privado de su vestimenta. Giró su flexible cuerpo sobre el lecho para mirar a su alrededor, y entonces tuvo un instintivo movimiento de retroceso ante lo que vio.

Un hombre estaba sentado en un trono de madera decorado con curiosas tallas. No se parecía a ningún otro hombre que hubiera vista nunca. Su rostro era tan blanco como el de la muerte y curiosamente rígido, y sus ojos eran absolutamente negros, sin que se viera blanco alrededor del iris. Estaba vestido con un caftán de la basta tela negra y ocultaba sus manos en las anchas mangas. Su cabeza era calva. Habló con un susurro siseante:

–Hace muchos años que ninguna mujer hermosa venía a visitar la morada de Shangara. Ninguna sangre nueva se ha mezclado con la de la raza del Pueblo de la Cima desde hace doscientos años. Serás una consorte adecuada para mi hijo y para mí mismo.

La muchacha semisalvaje estalló en la repentina ira de los bárbaros:

–¿Te crees que la hija de un linaje en el que hay un centenar de jefes va a aparearse con uno de los miembros de tu raza abominable? ¡Preferiría tirarme yo misma al abismo más cercano que habitar en tu casa! ¡Déjame libre, o de lo contrario estas paredes se estremecerán pronto ante el trueno de las lanzas de los khozgari!

Una sonrisa burlona entreabrió los pálidos labios de aquel rostro sin vida.

–¡Eres una pécora de cabeza dura! Ninguna lanza logra atravesar las nieblas de Bhambar. Nadie logra cruzar con vida estas montañas. Tu destino está sellado. Sé sensata. Si persistes en tu terquedad, no tendrás un final tan agradable como ese salto al abismo que mencionas. Tu cuerpo y tu alma servirán, en cambio, para aumentar las fuerzas del más antiguo habitante de estas tierras, que aún está obligado a servir al Pueblo de la Cima, gracias a unos sortilegios ya olvidados. Fue él quien nos ayudó a aniquilar al rey turanio cuando intentó en una ocasión conquistar nuestras tierras. Entonces éramos fuertes> y también nosotros podíamos luchar. Ahora somos pocos, pues nuestro número ha ido disminuyendo a lo largo de los siglos hasta la reducida docena que habitamos en esta torre, vigilada por nuestros monos de los abismos. Pero aún así no tenemos a ningún enemigo. EL sigue con vida, dispuesto a acudir cuando nos amenace el peligro. Contemplarás su figura. ¡Luego, elige tu destino!

Se alzó, echando hacia atrás los pliegues de su caftán para dejar al descubierto unas manos blancas parecidas a garras. Dos hombres calvos, de rostros blancos y ojos negros, entraron, hicieron una reverencia y se volvieron hacia dos enormes manijas de piedra que había en la pared. Dos mitades de puerta comenzaron a girar a un lado, con una suavidad que indicaba lo bien equilibradas que estaban. La cámara interior estaba llena de blanca niebla. Comenzó a salir en torbellinos hacia la sala, volviéndose más tenue y mostrando la vaga silueta de una gigantesca e inmóvil forma que había en el interior. La niebla se fue difuminando aun más, y cuando la joven logró divisar claramente lo cosa que había dentro, lanzó un alarido y se desmayó.


Conan se estremeció de impaciencia ante su larga espera. No había aparecido ni una señal de vida en la terrible torre. Si no hubiera notado el olor almizcleño de los simios, hubiera creído que estaba desierta. Sentía un picor en sus manos, que ansiaban empuñar la cimitarra y tensar la cuerda de su arco.

Apareció una figura en lo alto de la torre. La distancia era demasiado grande para discernir detalles, pero la aleteante capa y los enjutos contornos le dijeron a las claras que no se trataba de un mono. La boca de Conan se curvó en una cruel sonrisa.

Tendió el arco y lanzó una flecha con un solo y suave movimiento. La figura que habla en la torre abrió los brazos en cruz y se desplomó, desmadejada como un muñeco de trapo, sobre el muro almenado de la torre, para hundirse en las profundidades de abajo. Conan tomó otra flecha y espero.

Esta vez no tuvo que esperar mucho tiempo. Se abrió de par en par una puerta de piedra y por ella salió corriendo una hilera de monos, dirigiéndose con su grotesco andar de cuadrúmano hacia la pasarela. Conan lanzó una y otra flecha. Su puntería era infalible. La implacable serie de flechas fue derribándolos uno tras otro al abismo, pero aún así siguieron acercándose con estupidez e ira irracionales.

Conan lanzó su última flecha. Tiró el arco a un lado y corrió, con la espada en la mano, a enfrentarse con los dos monos que quedaban en el sendero. Evitó el torpe mandoble del primero agachando la cabeza y entonces su hoja atravesó carne y huesos con un estremecimiento chirriante, al cortar el hombro y brazo de su enemigo. El simio que quedaba resultó ser más rápido. Conan apenas si tuvo tiempo para arrancar su enrojecida espada del costado del primero para bloquear el furioso golpe dirigido hacia su cabeza. Se tambaleó ante el impacto y casi perdió el equilibrio en la estrecha pasarela. La estúpida mente del mono supo sacar provecho de la situación haciendo caer una lluvia incesante e incansable de golpes sobre la guardia del cimerio. Recuperando el equilibrio, Conan hizo una rápida finta y lanzó un golpe destripador, demasiado rápido para que pudiera seguirlo la vista y su adversario se hundió aullando en las profundidades, al perder el pie en la pasarela, por haberse echado hacia atrás tratando de huir del arma de su enemigo.

Conan no perdió su tiempo disfrutando con la victoria: saltó hacia delante, con paso tan seguro como el de una cabra montés y llegó a la puerta abierta. Algo pasó siseando junto a su cabeza mientras se echaba a un lado tras entrar y devolvió el ataque con un golpe de punta de su cimitarra a una figura que se entreveía en la oscuridad. Un grito apagado y ahogado fue seguido por el estrépito de un arma que cae al suelo. Se inclinó para mirar al cadáver. Era un hombre alto y delgado con un rostro curiosamente rígido y blanco que lo miraba, con ojos negros ahora ya sin vida. El rostro estaba cubierto por una extraña máscara de una sustancia translúcida. El cimerio se la quitó. Jamás habla visto nada así, ni tampoco conocía el material con que estaba hecha. Se la metió dentro de la faja y siguió adelante.

Caminó con gran precaución a lo largo del corredor circular que encontró más allá. Las paredes de piedra estaban mojadas de humedad y el aire era gélido. El pasillo seguía y seguía, hasta dar paso a una gran sala. Una extraña asamblea le esperaba allí.

Diez de los seres de caras blancas estaban frente a él. Dos eran mujeres, y tenían un estropajoso cabello blanco que enmarcaba sus facciones yesosas. Todos parecían cadáveres inmóviles y pintados, y cada uno de ellos blandía un largo cuchillo de filo ondulado. Sus ojos negros ardían con una mezcla de miedo y odio. En un diván situado en el centro de la sala yacía el cuerpo desnudo de una joven a la que reconoció como Shanya. Estaba con los ojos cerrados, pero sus grandes senos se movían con una respiración pausada, y Conan llegó a la conclusión de que o estaba drogada o se había desmayado. Aferró con más firmeza su espada y dio la cara al extraño grupo.

El alto y calvo hombre situado en el centro del grupo habló. Su voz era un susurro, pero sin embargo llegó a los oídos del cimerio con la claridad del tañido de una campana.

–¿Qué es lo que vienes a hacer aquí? No eres un turanio, ni tampoco un montañés, a pesar de que usas ropas de hyrcaniano.

–Soy Conan, un cimerio. Esa muchacha es mi rehén. Ve venido a recuperarla, para continuar mi viaje.

–¿Cimeria? Es un país del que jamás hemos oído hablar, ¿estás burlándote de nosotros?

–Si hubierais estado en el helado norte, sabríais que no es ninguna burla. Somos un pueblo de luchadores. ¡Si me siguiera la mitad de mi tribu, seríamos los amos de Turán!

–¡Mientes! ¡Hacia el norte no hay nada más que el borde del mundo y la noche eterna! Y la muchacha es nuestra, para dar nuevas fuerzas a nuestra raza, para que de su matriz surjan hombres fuertes. Te has atrevido a introducirte en la morada secreta del pueblo de la Cima. ¡Tu cuerpo alimentará al Antiguo!

El cimerio hizo un gesto amenazador, pero el hombre golpeó el suelo con una resonante patada. Como una flor blanca que se abriese, un espeso vapor brotó del centro del suelo. Cada uno de los componentes del grupo de ojos negros hizo un rápido gesto, llevándose la mano izquierda a la cara. Antes de que el vapor, que se espesaba con rapidez, hubiera ocultado todo lo que había a la vista, Conan pudo descubrir que se habían colocado unas curiosas máscaras transparentes como la que llevaba su anterior atacante.


La niebla era más espesa que cualquiera con la que se hubiera encontrado en las montañas, pero el cimerio buscó con rapidez la máscara que llevaba en su faja y logró colocársela. Esto fue más fácil de lo que había imaginado, pues el material de la misma parecía pegarse a la piel de su frente y mejillas, dejando libres sus ojos. Se sintió asombrado al comprobar que podía ver con toda claridad; era como si el vapor se hubiera dispersado ante sus ojos. Sus antagonistas se hablan movido rápida y silenciosamente tras el escudo brumoso: dos de ellos casi ya caían sobre él. Un rápido movimiento y su hoja silbó en el húmedo aire de la gran sala.

Fue una matanza. Los restos de aquella raza, otrora poderosa, no tenían la más mínima posibilidad contra la furia del vengativo cimerio. Sus cuchillos de hoja ondulada eran apartados con facilidad por el rayo centelleante que era su cimitarra. Y cada vez que su hoja saltaba hacia delante, una de las figuras envueltas en túnicas se desplomaba al suelo, muerta. Su primitivo código caballeresco le hizo sentir la tentación de perdonar a las mujeres, pero cuando se abalanzaron sobre él presa de un terrible frenesí, no tuvo más remedio que quedar al fin solo en la estancia con diez cadáveres y la muchacha cautiva.

Pero no todo eran cadáveres. Las últimas chispas de vida del jefe de la raza sisearon entre sus estremecidos labios:

–¡Vil bárbaro! ¡Has destruido a nuestra raza! ¡Pero no vivirás para vanagloriarte de ello! ¡El Antiguo te arrancará la carne y sorberá el tuétano de tus huesos! ¡Dame fuerzas, oh Antiguo...!

Mientras el cimerio le contemplaba, fascinado, el hombre enjuto empleó sus últimas fuerzas con un tremendo gruñido. Su delgada mano tiró de una de las manijas gemelas de piedra que habla en la pared. Una de las dos medias puertas comenzó a girar lentamente sobre sí misma.

El cabello de Conan se le erizó en la nuca mientras atisbaba la forma que acechaba en la otra estancia. Era un cuerpo de muchas patas, como si fuera un huevo provisto de extremidades. No era una araña, y tenía una cabeza de ancho morro y gigantescas mandíbulas, exudando por cada uno de sus poros una fuerza maligna casi palpable, que se remontaba a las oscuras eras anteriores a la aparición del hombre en la Tierra. Se abalanzó a recoger el cuerpo de Shanya en sus brazos mientras una pata provista de una pinza y desnuda de todo pelo empujaba la puerta para acabar de abrirla. Oyó un sonido jadeante tras él mientras corría por el pasillo hacia la puerta exterior.

Había cruzado casi por completo la pasarela, manteniendo precariamente su equilibrio a causa de su tremenda velocidad y de que llevaba a la muchacha en los brazos, antes de atreverse a mirar hacia atrás. El gigantesco monstruo le perseguía con gran rapidez sobre sus muchas y poderosas patas y ya había alcanzado casi el centro de la pasarela. Jadeando, se abalanzó hacia delante entre dos de los túmulos funerarios. Dejó caer a la joven al suelo y se volvió para presentar batalla.

Se enfrentó con la primera carga del monstruo dándole un salvaje corte en uno de sus extendidos miembros y se le estremeció el brazo hasta la clavícula por la sacudida cuando la hoja se hizo pedazos contra la impenetrable piel de aquel ser. El golpe le hizo perder por un instante el equilibrio al monstruo pero pronto volvió a cargar de nuevo, escupiendo y jadeando con su paso rápido y trenzado. Desesperado, Conan volvió la vista a todos lados en busca de algún arma. Sus ojos se clavaron en el más cercano montón de piedras. En una fracción de segundo ya tenía una de las rocas esféricas sobre su cabeza, lanzándola con toda la fuerza de sus bíceps de bárbaro contra la terrible aparición que ya casi había caído sobre él.

Los sortilegios cantados por los antiguos brujos turanios sobre la tumba de un jefe de otro tiempo habían sido olvidados a lo largo de las eras, pero no habían perdido su poder contra un monstruo de la especie de los que se hallaban en aquellas montañas cuando el hombre estaba en su infancia. Con un alarido que helaba la sangre, el ser tiró del miembro aplastado bajo la pesada piedra, que le paralizaba parte de su cuerpo. Pero Conan aferró otra roca y la lanzó, hizo rodar una más hacia el monstruo que se agitaba, le tiró otra y entonces la pirámide socavada se desplomó en una tremenda avalancha, llevándose consigo a aquel terror de muchas patas hacia el abismo, envuelto en una nube de polvo y rocas.


Conan se secó su sudorosa frente con una mano temblorosa, y no todo el temblor era causado por el esfuerzo. Oyó un movimiento tras él y se volvió. Los ojos de la muchacha estaban abiertos y miraba a su alrededor asombrada.

–¿Dónde estoy? ¿Dónde está ese malvado? –se estremeció –. Iba a darme en alimento a..

La voz de Conan la interrumpió secamente:

–He limpiado ese cubil de ladrones momificados. Y he enviado a su maligna bestia a los abismos de los que surgió. Tuviste suerte de que llegase a tiempo para salvarte la piel.

Ella estalló en una ira altanera:

–¡Hubiera podido ganarles en astucia! ¡Mi padre me hubiera venido a salvar!

–Quizá no hubiera hallado el camino aquí. Y ese monstruo hubiera hecha picadillo a sus guerreros. Pero yo tuve la fortuna de encontrar un arma que mató a esa gigantesca cucaracha. Ahora tendremos que irnos de aquí, y deprisa. He de llegar a Samara y aún te necesito como rehén.

Los ojos de la joven se suavizaron en un rápido cambio de humor. Dejó caer sus párpados y una nota provocativa apareció en su voz mientras agitaba provocativamente sus desnudos hombros ante el cimerio.

–Te acompañaré hasta la región fronteriza. Salvaste mi vida y como recompensa, se te dará salvoconducto a través del país de los khozgari. Será interesante aprender cómo se comporta un bárbaro del norte.

Sus palabras tenían un seductor doble sentido y estiró, para deperezarse, su espléndido cuerpo, aparentemente sin darse cuenta de su desnudez.

Conan la miró apreciativamente.

–¡Por los huesos de diaspar! ¡Tal vez valga la pena pasarse una semana en el calabozo por retrasarse un par de días!

FIN

Texto tomado de:
http://www.alconet.com.ar/varios/libros/e-book_e/El_Pueblo_de_la_Cima.doc
Imagen tomada de:
http://www.entrecomics.com/wp-content/uploads/2006/11/conan-por-buscema.jpg

El Vengador del Pasado: Cinco cuentos de Philip K Dick en el Cine



Por
Alberto Chimal
Universidad Nacional Autónoma de México


Resumen

Este artículo discute la obra del escritor estadounidense Philip K. Dick y cinco películas que adaptan alguno de sus cuentos. Aquellas pretenden seguir el ejemplo de Blade Runner (1982), la primera y mejor adaptación dickiana, pero fallan al imitar sólo la superficie de ese filme tan influyente, pues las ideas de Dick – un escritor de estilo insignificante pero gran imaginación y profundidad – son hechas a un lado en favor de un énfasis constante en los códigos establecidos del cine de acción o de una serie de propuestas ideológicas más convencionales.

No es posible negar la influencia de Blade Runner (1982) de Ridley Scott en el cine contemporáneo, tanto por su estilo visual – que ha influido en numerosas películas desde entonces – como por su mezcla de géneros y códigos. Además, la gran atención que mereció la propia trama de la cinta fue el punto de partida de la fama póstuma de Philip Kindred Dick (1928-1982), el escritor estadounidense en cuya novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Do Androids Dream of Electric Sheep?, 1968) se basó el filme de Scott.

Relegado durante casi toda su vida al grupo reducido, y en general poco respetado, de los escritores y aficionados a la ciencia ficción (o, con más exactitud, ficción especulativa), Dick fue (re)descubierto y convertido en autor “de culto” al percibirse la naturaleza visionaria de su trabajo: aunque su prosa es desaliñada, y breve su repertorio de asuntos y de técnicas literarias – por mucho tiempo no se le distinguió de otros autores célebres pero de menor valía, como Isaac Asimov o Arthur C. Clarke –, su imaginación resultó capaz de adelantar, o por lo menos de articular, varias de las obsesiones centrales del occidente finisecular. En especial, los dos temas centrales de Dick: el enfrentamiento de la conciencia humana con una realidad frágil o engañosa, y la voluntad individual puesta a prueba contra un poder o un universo invencible y hostil, hacen eco de muchos problemas del pensamiento contemporáneo, en una realidad donde “las maravillas de […] la tecnología avanzada no han conseguido transformar la condición humana” (Pringle 1990: 107) sino para volverla más dudosa, más endeble en un imaginario del que va siendo expulsada “la creencia en un sentido último desde el que late una promesa de piedad” (Argullol et al. 1988: 16-17).

Como estas ideas son tratadas por Dick casi siempre en los escenarios habituales de la ciencia ficción de su tiempo, desde los “otros mundos” convencionales de la space opera hasta versiones hipertrofiadas de su presente, su influencia ha parecido fácil de asimilar y en muchos casos se ha convertido en parte del mainstream de la cultura o el entretenimiento globalizados. Cuando menos, diversos cineastas, escritores y guionistas de fama mundial lo son por difundir conceptos que hallaron por vez primera en Dick1 o aun han empleado directamente sus narraciones como fuente para citas, versiones o adaptaciones.

Hasta el momento, cinco largometrajes, todos hechos en los Estados Unidos y dentro de los estudios de Hollywood, han adaptado directamente cuentos de Dick. El examen de textos y filmes permite apreciar las razones por las que la obra del escritor continúa atrayendo a los medios audiovisuales, pero también qué de los intereses y obsesiones de Dick, y cómo, pasa efectivamente a los guiones y a la pantalla.

Monstruos y simulacros: los cinco cuentos

Entre 1947 y 1981, Dick escribió aproximadamente 121 cuentos, casi todos de ficción especulativa y pensados para su publicación en revistas especializadas. Estos textos, que fueron reunidos en cinco volúmenes publicados en 1987 en los Estados Unidos,2 tienen dos conjuntos de precursores claramente diferenciados. El primero es la tradición de la ciencia ficción estadounidense de mediados del siglo XX, basada parcialmente en los postulados de la narrativa de anticipación al modo de H. G. Wells pero más aún en las reglas tácitas de las historias populares, de diversos subgéneros, que llenaban las numerosas variedades de revistas para consumo masivo conocidas como pulps o pulp magazines.3 Dirigidas a la mayoría de clase baja y media-baja de los Estados Unidos, esas ficciones buscaban exaltar los valores aceptados y satisfacer las apetencias de su público –con el fin de aumentar sus posibilidades de éxito comercial– adosando un código moral simplificado y maniqueo a géneros “de pacotilla” previamente existentes y por lo común importados de Europa. Producidas invariablemente deprisa y con la intención de ser consumidas y desechadas rápidamente, las historias pulp exigían de sus autores, como de los creadores de folletines del XIX que eran sus precursores más inmediatos, una gran capacidad de trabajo: una velocidad no sólo grande, sino sostenida, de escritura. Dick, que era un escritor compulsivo y rapidísimo, pudo adaptarse con facilidad a semejantes condiciones de trabajo, que también le impidieron interesarse, salvo en casos muy aislados, por el trabajo de “maduración” y pulimento que se supone necesario para las “grandes obras”.4

Dick tuvo contacto con su segundo grupo de influencias: una parte apreciable del canon literario moderno, y en especial de literatura alemana, escritores místicos y psicoanálisis, como parte de su formación en el ambiente caótico y efervescente de la bohemia californiana de los años cuarenta, centrado en la Universidad de Berkeley, justo antes de la aparición del movimiento beat. Carrére (2002: 12) resume el periodo de la siguiente forma:

Phil trasladó su colección de libros, discos y revistas, y su precioso tocadiscos Magnavox, a un apartamento ocupado por un grupo de estudiantes bohemios bajo cuya influencia sus gustos literarios evolucionaron. En aquel ambiente tan cultivado, sólo la “alta literatura” tenía derecho de ciudadanía: la moda de considerar con benevolencia los géneros populares surgió más tarde. Dick, cual dócil camaleón, dejó de leer ciencia ficción, escondió las revistas baratas que habían cautivado su adolescencia y se consagró exclusivamente a Joyce, Kafka, Pound, Wittgenstein y Albert Camus. Ahora su noche ideal consistía en escuchar a Buxtehude o Monteverdi, junto a los poetas de vanguardia, citando de memoria párrafos enteros de Finnegans Wake en los que identificaba las huellas de la influencia de Dante. A su alrededor todo el mundo escribía, y, en medio de un frenético name-dropping, se intercambiaba manuscritos y consejos. En aquella época, aparte de un montón de cuentos que intentó colocar en algunas revistas, Dick escribió dos novelas de las que sólo se sabe lo que él quiso contar más tarde. La primera era un largo monólogo interior sobre una imposible iniciación amorosa y sobre los arquetipos junguianos; la segunda describía el complejo enredo de mentiras y de cosas no dichas de un amor a tres en la China maoísta. (Carrére 2002: 8-11).

De esta mezcla inusitada proviene el caudal de información y relaciones intertextuales presente en la mayor parte de la obra de Dick, infrecuente entre los escritores de ficción especulativa de su tiempo pues no sólo supone un conjunto más abundante y rico de lecturas, sino un largo proceso de asimilación que rara vez resulta en citaciones directas. Los textos cumplen casi siempre las normas tácitas de estilo de su subgénero: oraciones cortas y rápidas, vocabulario limitado, planteamientos claros y esquemáticos, pero presentan, invariablemente, temas y argumentos distintos de los habituales en tanto giran alrededor de una serie pequeña y constante de obsesiones (la identidad, la realidad, la divinidad/el poder) ajenas al discurso habitual del subgénero, más proclive a describir los ejemplos positivos de personajes que luchan y triunfan sobre una realidad hostil a la que la ciencia o la tecnología pueden efectivamente domeñar. Además, Dick no incurre jamás en los deslindes morales de las historias pulp más típicas.5 El resultado es una serie de intertextualidades barrocas, y en especial de asimetrías y de monstruos:6 tanto para un grupo de posibles lectores de Dick (los aficionados a las pulps) como para el otro (los lectores de “alta literatura”), la obra del escritor propone una serie de inserciones desconcertantes, y muchas veces intolerables, de elementos ajenos a los architextos de cada grupo e incluso despreciados por éstos.7

Por semejante transgresión – semejante falta de respeto por las jerarquías y los prejuicios dominantes– Dick pasó relativamente inadvertido durante años. Sólo hasta los sesenta, cuando la contracultura californiana encontró en Berkeley un centro que se volvió famoso, Dick se insertó en los movimientos estudiantiles y artísticos de la época como una suerte de figura menor pero notable, cuya agudeza y capacidad de visión empezó a ser apreciada por lectores y críticos. Aunque sus recursos narrativos no fueran menos limitados que los de un escritor cualquiera de pulps, como se ha dicho, Dick superaba a todos sus colegas debido a sus “saltos intelectuales” (Kipen), su intuición y su capacidad de extrapolar, a partir de pequeños detalles, numerosas implicaciones y rasgos periféricos de sus tecnologías, religiones y sociedades imaginarias. Los cuentos suyos que hasta ahora han sido llevados al cine son, todos, evidencia de esa capacidad de imaginar y de la genialidad de sus intuiciones. Hace ya treinta o cuarenta años que Todorov (1994) describió sucintamente el “movimiento” de los mejores textos de ciencia ficción como el proceso de “hacernos ver hasta qué punto esos elementos aparentemente maravillosos están, de hecho, cerca de nosotros y son parte de nuestras vidas” (Todorov 1994: 136); en el mejor Dick, esta constatación no devuelve nunca al lector a las certidumbres cotidianas, y en cambio lo enfrenta con situaciones límite: pruebas de la solidez –o la fragilidad– de cualquier visión del mundo. “When we read a Philip K. Dick novel”, como escribe Akgiray (2004), “at first, we see the structural and linear world of a SF writer, but as we go on, he consciously makes us loose the linear pace of the story and travels back and forth in many planes. This is not like the modernist use of snapshots from memory, but rather in Borges’ terms, it is a forking in ‘time’, which shows us […] perspectives, worldviews and ideologies”.8

“La paga” (“Paycheck”, 1953), el cuento más temprano de los cinco que se han adaptado para el cine, fue publicado originalmente en Imagination, una revista menor incluso entre las pulps, y es, como muchos otros textos del periodo, una “paradoja temporal”: el relato de las consecuencias (que el lenguaje puede describir, pero son imposibles en el mundo natural) de un viaje por el tiempo.9 Sin embargo, este viaje no se “muestra” en el texto: el punto de partida de la trama es la confusión del protagonista, Jennings, un ingeniero que aceptó trabajar en un proyecto empresarial tan secreto que los recuerdos de lo que hizo debieron borrársele al terminar su labor y que, en vez del pago sustancioso que esperaba, se entera de que aceptó permutar su dinero –antes de la purga de su memoria– por un conjunto de objetos sin valor.

Poco a poco, sin embargo, Jennings se da cuenta de que los objetos son precisamente lo que necesita para salvarse de una serie de peligros a los que se ve enfrentado; su conclusión es que, durante el tiempo en que trabajó en el proyecto secreto, fue capaz de ver su futuro, y ahora, gracias a ese saber que ya no posee, puede manipular en su favor las situaciones más desesperadas. Jennings avanza a ciegas, como todos, pero protegido por una fuerza benévola: él mismo, provisto de una tecnología avanzada que se iguala con la magia.

El desarrollo del cuento, relativamente rutinario, continúa sin embargo hasta que el desdoblamiento del personaje lo eleva, casi literalmente, a la omnipotencia. Y el final es otra paradoja: un deus ex machina perfectamente razonable:

—Así que no me vas a decir dónde pusiste los papeles —sonrió de repente Jennings.

Kelly negó con la cabeza.

—Espera. —Jennings exploró su bolsillo. Extrajo un trozo de papel que desdobló lentamente y leyó con atención—. ¿Por casualidad los depositaste en el Dunne National Bank, a eso de las tres de la tarde de ayer, para que los guardaran en su caja fuerte?

Kelly jadeó. Se apoderó de su bolso y lo abrió. Jennings devolvió el trozo de papel –el recibo del paquete– a su bolsillo.

—Así que incluso vio esto —murmuró—. La última de las baratijas. Me pregunto cuál será su utilidad.

Kelly rebuscó frenéticamente en su bolso, con el rostro encendido de excitación. Sacó un trozo de papel y lo agitó en el aire.

—¡Te equivocas! ¡Aquí está! Aún lo tengo yo —se tranquilizó un poco—. No sé lo que tú tienes, pero esto es...

Algo se movió sobre sus cabezas. Un espacio oscuro, un círculo, se estaba formando. El espacio tembló. Kelly y Rethrick lo miraban, petrificados.

Una pinza surgió del círculo, una pinza de metal al extremo de una varilla brillante. La pinza descendió, dibujando una amplia curva en el aire. La pinza arrebató el papel de las manos de Kelly. Vaciló un instante, y luego retrocedió hasta desaparecer en el interior del círculo negro con el papel. Después, en silencio, la pinza, la varilla y el círculo se desvanecieron. No había nada en el lugar que ocupaban, nada en absoluto.

—¿Adónde..., adónde fue? —susurró Kelly—. El papel. ¿Qué era eso?

Jennings palmeó su bolsillo.

—Está a salvo, aquí dentro. Empezaba a preguntarme cuándo iba a intervenir él. Ya me tenía preocupado. (Dick 1990: 314-315)

“La segunda variedad” (“Second Variety”, publicado en Space Science Fiction) e “Impostor” (publicado en Astounding Science Fiction) son también de 1953, pero son más típicamente dickianos10 en tanto plantean el problema de la identidad humana como alimento de una trama paranoica. En el primer cuento, una guerra entre los Estados Unidos y la Unión Soviética (un tema popular de la ficción especulativa durante la Guerra Fría, por supuesto) se complica con la aparición de “garras”, robots asesinos creados por el bando occidental pero que, luego de varias etapas de creciente sofisticación, se reproducen solos, por medio de “maquinaria automática” (Dick 2003a: 18) y al fin deciden exterminar a todos los humanos. Para ello toman sus formas: haciéndose pasar por soldados heridos, niños y otras “variedades” de seres indefensos, engañan a los pocos supervivientes del conflicto el tiempo necesario para aniquilarlos o, más importante aún, para hacerlos dudar unos de otros y aun matarse entre ellos. El final es pesimista, pero la auténtica novedad del texto, luego de décadas de influencia soterrada de Dick y otros creadores semejantes en la cultura popular, debe estar en imágenes como las siguientes, en las que se describe a las “garras” y lo maquinal se agrega y contamina a lo patético:

Hendricks examinó las fotografías. Habían sido sacadas precipitadamente; estaban movidas y eran confusas. Las primeras mostraban... a David. David caminando solo. David y otro David. Tres David. Todos exactamente iguales. Todos con un astroso oso de felpa. […]

La siguiente fotografía, tomada a gran distancia, mostraba a un soldado de elevada estatura herido sentado al borde del camino, con un brazo en cabestrillo, un muñón de pierna. Luego dos soldados heridos, los dos iguales. Hombro con hombro. (Dick 2003a: 18)

Por su parte, “Impostor” agrega al tema una complicación adicional que es, probablemente, el rasgo más importante y llamativo de toda la ficción dickiana alrededor de la identidad: la posibilidad de que un simulacro, un falso ser humano, no sepa que lo es y, por tanto, de que el lector pueda usarlo como ejemplo para figurarse más fácilmente lo inestable de su propia identidad y su memoria. En medio de una guerra (descrita de modo más bien rutinario) contra invasores extraterrestres, un importante científico, Olham, es arrestado; se le acusa de no ser él mismo, sino un arma alienígena, un androide con una bomba en el pecho y programado para insertarse en la sociedad de la Tierra, eliminar a su modelo y creerse él hasta el momento de explotar. Empeñado en demostrar el error de las autoridades, Olham escapa; hay una persecución, un enfrentamiento y un par de vueltas de tuerca, que concluyen, desde luego, con Olham descubriendo la verdad y mostrando su perplejidad en el instante previo a la explosión.

Debe hacerse notar, sin embargo, el desgaste de la novedad en el planteamiento de la historia: si su final era sorpresivo en el momento de su primera aparición, ahora el texto, sumamente breve y menos compuesto de lo habitual aun para Dick, ha quedado subsumido casi del todo por la diseminación de las mismas ideas en obra posteriores, y más logradas, de su autor y sus sucesores. Algo semejante ocurre con “El informe de la minoría” (“The Minority Report”, publicado en 1956 en la revista Fantastic Universe), que repite, con modificaciones, el tema profético de “La paga”, pero cuya trama es, exceptuando algunos “acordes” auténticamente dickianos, un relato de “misterio” al modo de los de Asimos y escritores semejantes, con un protagonista que es forzado a actuar para resolver un problema, lo resuelve por medio de la razón y, al final, se pone a explicar su solución a partir de las reglas del mundo ficcional del cuento.11

El policía Anderton, protagonista de “El informe de la minoría”, es el creador y jefe de “Precrimen”, una división especial que, con la ayuda de clarividentes, puede predecir quiénes cometerán crímenes y arrestarlos por anticipado. Anderton ya envejece pero se niega a dejar la obra de su vida en manos de otros, y teme que todos a su alrededor, incluyendo a su esposa y a Witwer, un ambicioso y joven asistente, deseen perjudicarlo. Entonces los clarividentes avisan que él mismo está predestinado a asesinar a un hombre –Kaplan, un militar y político deseoso de dar un golpe de estado, precisamente con la excusa de que la división de Precrimen es una institución totalitaria –, lo que lo fuerza a huir para escapar del arresto y el encarcelamiento. Mientras escapa de conjuras y contraconjuras, debe decidir si la misma “profecía” es parte de un plan en su contra, quiénes entre los que lo rodean podrían ser parte del complot, si vale más limpiar su nombre que impedir el desmantelamiento de Precrimen y si, efectivamente, puede o debe asesinar a Kaplan, quien desea aprovechar el predicamento de Anderton para sus propios fines.

La clave de su posible salvación está en que los clarividentes –que Dick llama premonitores o precogs– no siempre están de acuerdo en un vaticinio y a veces los crímenes se denuncian sólo con el informe de la mayoría de ellos: el informe del resto podría representar un segundo futuro factible, desprovisto de la comisión del crimen, para los acusados. Anderton descubre que quien conoce su futuro puede cambiarlo, y cuando esto sucede los informes no sólo pueden contradecirse, sino que pierden sentido; como revelar esto significaría el descrédito de Precrimen, que dejaría de ser una herramienta infalible, Anderton comete en efecto el asesinato, pero se las arregla para no ser encarcelado y partir a un cómodo exilio.

Este desenlace sin mayores sorpresas sobre la naturaleza del mundo ficcional, y en el que todas las ideas de la historia son unidas en un racionamiento de supuesta verosimilitud, es atípico de Dick e insatisfactorio, al no tener en cuenta la paradoja implícita en el hecho de que el vaticinio del futuro resulta, al final, su motivo para que ese mismo futuro se cumpla,12 con lo que el principio de causalidad se invierte en el tiempo de lo narrado.

Todo lo contrario ocurre con “Podemos recordarlo todo por usted” (“We Can Remember It For You Wholesale”, publicado en 1966 en The Magazine of Fantasy and Science Fiction). En este cuento, uno de los mejores y más famosos de Dick, el escritor recurre a una estrategia narrativa que emplea también en varias de sus mejores novelas, como Ubik (1969) o El hombre en el castillo (The Man in the High Castle, 1962): la fractura deliberada del universo ficcional del texto, por medio de episodios o insinuaciones opuestos a las suposiciones originales planteadas en la historia y que se desarrollan sin reconocer la contradicción evidente, resultando en una perspectiva de la trama (un desarrollo, selección y orientación de los acontecimientos) distinta de la del mismo narrador,13 quien continúa con su discurso sin reconocer las fisuras que se abren en él. El efecto de quiebre puede ser violento, como en este caso.

Quail, un empleado de poca monta, sueña con viajar a Marte para escapar de su vida rutinaria; como no puede pagar tal viaje, recurre a los servicios de Rekal, una empresa dedicada a injertar recuerdos falsos, lo que resulta mucho más barato que salir en verdad de vacaciones. Además, en sus recuerdos puede representar el papel de un hombre distinto de sí mismo, más valiente y atractivo; por ejemplo, un agente secreto.14 Sin embargo, mientras los recuerdos se insertan en la memoria de Quail, los técnicos de Rekal descubren que éste ya fue a Marte y en realidad es un agente secreto: un asesino especialmente entrenado, cuya memoria del viaje fue borrada antes y ahora se ha restaurado parcialmente. Enterados de esto, sus antiguos jefes persiguen a Quail y lo fuerzan a un trato: el borrado de todos sus recuerdos de Marte, reales e inventados, a cambio de la satisfacción (por medio de otro conjunto de falsos recuerdos) de una fantasía grotesca y megalómana de la infancia de Quail. Se espera que el recordar esta fantasía como verdad lo amanse; sin embargo, cuando comienza esta segunda operación, la fantasía (que incluye seres extraterrestres y varas mágicas) resulta ser verdad también y mezclarse con los recuerdos del viaje a Marte y la vida de agente secreto.

Tres realidades de Quail, por lo tanto: tres posibles versiones de su propia vida, chocan y se enfrentan sin que ninguna se imponga sobre las otras. Aunque el mundo ficcional del texto está desde el principio en el ámbito de lo que Todorov llama “lo maravilloso-puro” (Todorov 1994: 37-49), de otro mundo claramente diferenciado de la realidad cotidiana, y aunque no existe prueba de que Dick pudiese haber leído al teórico francés, el planteamiento de “Podemos recordarlo todo por usted” parece un guiño directo a otro postulado de Todorov (1994: 35): el de la ambigüedad fantástica, según el cual el efecto estético por el que la realidad del lector es cuestionada tiene siempre lugar debido a una vacilación provocada por el texto entre dos opciones de realidad, dos explicaciones de los hechos narrados.
Simulacros y monstruos: las cinco películas

Como se ha visto, los cinco cuentos examinados, si bien tratan los temas familiares de Dick, no son una muestra uniforme de lo mejor de su trabajo ni siquiera un conjunto verdaderamente representativo de sus aportaciones a la ficción especulativa como subgénero. La razón es que todas las consideraciones planteadas hasta ahora sobre la obra de Dick, aquí y en los otros (numerosos) textos académicos realizados alrededor de su trabajo, son irrelevantes para explicar el proceso mediante el que se eligen los textos merecedores de una adaptación cinematográfica en Hollywood.

A partir de Torop podríamos comprender este hecho considerando el hecho de que, si “el mismo texto puede existir simultáneamente en diferentes formas semióticas”, también es verdad que “la dinámica de la recepción del texto” depende principalmente de su entorno mediático y “bajo la perspectiva de la traducción total, el interés tradicional en los contactos entre textos y discursos se transfiere a los contactos entre los medios” (La cursiva es mía; Torop 2002: 15). En el caso del cine comercial estadounidense y la literatura, tales contactos son siempre desiguales y se rigen por ideas recibidas y mantenidas durante muy largos periodos sobre el poder relativo de los medios audiovisuales, el beneficio económico y el “gusto” popular.

El camino de prácticamente todas las adaptaciones fílmicas en Hollywood es trazado no por creadores, sino por grandes estudios: empresas que invierten –por lo común asociadas con compañías productoras más pequeñas– grandes cantidades de dinero en la creación y, más aún, la promoción global de sus películas, y cuyos líderes consideran que la recuperación del dinero invertido, con ganancias, es el único objetivo razonable de un proyecto. Este valor primordial de la rentabilidad de las películas causa que la producción de todas ellas sea sumamente accidentada: la hechura propiamente dicha de un filme cualquiera sigue a un largo trabajo de preproducción, que muchas veces se aborta mucho antes de que comience el rodaje y tarda, por lo común, varios años a partir de la decisión original de emprenderlo, mientras se reúne el dinero necesario y es posible seleccionar y reclutar un equipo de especialistas –director, guionista, reparto, técnicos, etcétera– que cuente con la anuencia de los productores.15 Éstos, además, acostumbran arrogarse la “última palabra” sobre todos los aspectos de cada filme, incluyendo las modificaciones que se hagan a las tramas y los subtextos de cualquier fuente literaria. En muchas ocasiones, estos cambios llegan a extremos que se podrían juzgar grotescos; todos se justifican, no sin cierto cinismo, con base en la noción de que el cine tiene más “penetración” que la literatura, y la versión “canónica” (o, por lo menos, más conocida) de cualquier historia será siempre la de Hollywood.

En el caso de Dick – como indican Rose (2003), Dretzka (2003) y McKie (2003) –, las adaptaciones de sus textos han sido afectadas de forma crucial por la percepción inicial de su trabajo en ese ámbito cerrado y restringido. Akgiray (2004: 3) observa: “One of the reasons why Philip K. Dick’s fiction appeals to directors like Scott and Spielberg is the open-ended nature of his novels and short stories and their richness in metaphors, which lend themselves to multiple interpretations and infinite elaborations”,16 y es verdad, pero esta riqueza está matizada a los ojos de los productores de Hollywood: más que ficciones de inusitada profundidad e imaginación, el lugar común sobre los textos de Dick es que son combustible para películas de acción, un subgénero fílmico cuyas estrategias aparecen en escenas cruciales de Blade Runner y son la base de El vengador del futuro (1990), la primera cinta en tomar como base un cuento (“Podemos recordarlo todo por usted”) de Dick.

El filme fue dirigido por Paul Verhoeven a partir de un guión de Ronald Shusett, Dan O’Bannon y Gary Goldman, y es razonable suponer que su propia producción dio origen al prejuicio ya mencionado en relación con la “utilidad” de Dick. El vengador del futuro se parece poco al cuento en que se “inspira”: da más peso a los elementos de violencia y espionaje de trama del cuento original y reduce la ambigüedad fantástica de la trama a un planteamiento más convencional, con el protagonista convertido en un “hombre de acción” – de hecho, Arnold Schwarzenegger, por entonces un icono del subgénero – es incapaz de decidir si es de verdad un espía o sólo un obrero perdido en una fuga psicótica.

La violencia es más fácil de percibir que cualquier alusión sutil durante un visionado casual de Blade Runner, que para el estreno de El vengador del futuro ya era, pese a su tibia recepción en las salas de cine, un clásico popular, accesible mediante copias en video. Los testimonios ya citados, y muchísimos otros, ofrecen todos la misma descripción de las cabezas del studio system: individuos formados en la administración de empresas que ven a los artistas con suspicacia o desprecio, desconfían de cualquier innovación fuera de los caminos “probados” y describen los gustos de su público en los términos más simples, y en especial con base en los rasgos más superficiales de los “productos” (películas) de éxito reciente. Es muy probable que los jefes de estudio contemplaran a Dick desde un punto de vista estrecho, subordinado a lo más obvio de las “razones” por las que sus adaptaciones eran “rentables”; el juicio se perpetuó (se perpetúa) por la inercia del propio medio.

Rose (2003) refiere sobre este asunto una anécdota, digna de citarse, sobre el origen de la producción de El vengador del futuro, que partió del interés del propio Shusett:

Before Dick died, Shusett bought the film rights to “We Can Remember It for You Wholesale” […]. He retitled it Total Recall and took it to Dino De Laurentiis, who put it into development.

Total Recall languished for years before all the elements –producer, director, star– came together. At one point, Richard Dreyfuss was attached. At another, David Cronenberg was going to direct and wanted William Hurt for the lead. “I worked on it for a year and did about 12 drafts,” Cronenberg recalls. “Eventually we got to a point where Ron Shusett said, ‘You know what you've done? You've done the Philip K. Dick version.’ I said, ‘Isn't that what we're supposed to be doing?’ He said, ‘No, no, we want to do Raiders of the Lost Ark Go to Mars.’” Cronenberg moved on.17

Las adaptaciones posteriores de Dick al cine llevan todas, hasta ahora, la marca del criterio de Shusett.

Luego de El vengador del futuro, Asesinos cibernéticos (Screamers) de Christian Duguay adaptó en 1995 “La segunda variedad” y trasladó la acción a un planeta distante, para evitar la referencia a la Guerra Fría. El resto de la trama fundamental se preservó en el guión de Dan O’Bannon y Miguel Tejada-Flores, incluyendo el pesimismo del final (las “garras” empiezan a matarse entre ellas, con lo que demuestran hasta qué punto se están humanizando), pero la película es perjudicada por la inserción de una trama amorosa explícita entre el protagonista, Hendricksson (Peter Weller) y la robot encubierta Jessica (Jennifer Rubin), una serie de actuaciones desiguales, numerosas secuencias gratuitas de batallas o peleas y una producción que, sobre todo en la iluminación y la fotografía, parece más interesada en imitar a Blade Runner que en crear un ambiente creíble. El único acierto de Asesinos cibernéticos es el mostrar los ataques de los “garras” de forma humana en secuencias más explícitas, rodadas de acuerdo con los cánones del cine de horror de “serie B”.18 Una de estas secuencias, un ataque de numerosos “niños” iguales, cada uno con su oso de peluche, traslada con éxito la atmósfera del texto original y profundiza, al representarlo con detalle, el horror que se insinúa en párrafos del cuento como el citado anteriormente.

La imitación ingenua, u oportunista, de Blade Runner marca también a El impostor (Impostor) de Gary Fleder, estrenada en 2002 y rodada sobre un guión de Caroline Case, Ehren Kruger y David Twohy basado en el cuento del mismo título. Nuevamente la adaptación es más respetuosa que la de El vengador del futuro, y su primera parte sigue con fidelidad las incidencias del texto de Dick hasta en detalles muy pequeños; asimismo, un grupo de buenos autores de cuadro (señaladamente, Gary Sinise, Madeleine Stowe, Vincent D’Onofrio y Mekhi Phifer) ofrecen interpretaciones convincentes. Sin embargo, además de que el estilo visual de la cinta parece envejecido a fuerza de repetir clichés, y no faltan las ya habituales peleas con armas o a mano limpia, el guión no deja de forzar, hacia su conclusión, varios lugares comunes más de Hollywood, incluyendo un romance y una trama secundaria acerca de Olham (Sinise) amistándose con un hombre pobre, Cale (Phifer), que lo ayuda a escapar de sus perseguidores y le muestra la vida precaria de los desposeídos en el mundo futuro de la cinta. El propósito de esto, en apariencia, era dar a El impostor una duración suficiente para distribuirse como largometraje sin alargar la historia más allá del final propuesto por Dick. Sin embargo, la película concluye, pese a todo, en el mundo de Cale, cuando se revela que, pese a que Olham (al fin un impostor alienígena)19 ha explotado, matando a centenares o miles de otros, “algo bueno ha salido de todo”, pues Cale ha podido robar medicinas muy necesitadas por los miembros de su comunidad. A pesar de la buena intención de este final feliz, la historia de Cale y los suyos no encaja con el resto, el conjunto se vuelve incongruente y el filme es, sin duda, el más insatisfactorio de los cinco examinados aquí.

El guión de El pago (Paycheck) de John Woo (2003), hecho por Dan Georgaris a partir de “La paga”, tiene más éxito en la tarea de respetar la unidad de la trama original del cuento de Dick, contra la noción popular en Hollywood (Rose 2003) de que los finales abiertos de casi todas las historias del escritor dan, cuando mucho, para dos de los tres “actos” en que se divide una película convencional de estudio (Vogler 2002: 24-27). Pero ésta es, incluso más que la de Verhoeven, la cinta más servil a los preceptos del cine de acción, que durante los años ochenta y noventa tuvieron en el mismo Woo a uno de sus más grandes innovadores. Aunque su Jennings (Ben Affleck) es también un hombre que ha renunciado a su memoria y a su fortuna a cambio de objetos aparentemente inútiles, la cinta enfatiza las persecuciones y las peleas más que cualquier otra de este conjunto, con la idea de ajustar la historia de Jennings a un esquema común de los filmes policiacos: el del hombre que no recuerda haber cometido un crimen del que se le acusa, y busca limpiar su nombre con la policía y sus enemigos pisándole los talones.

La modificación de un detalle crucial se convierte en un motivo visual recurrente de la película. En vez de que el último enfrentamiento de Jennings con sus enemigos se resuelva mediante la intervención, desde otro momento del tiempo, del propio Jennings, la pelea gira alrededor de la duda sobre si una bala –que avanza una y otra vez por la pantalla, en cámara lenta, disparada por el “malo”– matará o no al héroe. En el último segundo, un reloj con alarma programado de antemano para sonar en el instante justo permite que Jennings se salve, pero sacrifica el desdoblamiento del personaje y la presencia de su otro yo como una deidad benévola.20

He dejado para el final, deliberadamente, la adaptación más interesante de las cinco: Minority Report: Sentencia previa,21 dirigida por Seteven Spielberg a partir de un guión de Scott Frank y Jon Cohen y estrenada en 2002. Luego de treinta años de carrera desarrollada exclusivamente en Hollywood, Spielberg ha demostrado ser, a la par de un cineasta de gran talento y auténticos hallazgos visuales y narrativos, un director totalmente convencional, subordinado al sistema de estudios y promotor activo de su ideología dominante, que en su filmografía se manifiesta en los lugares comunes ya mencionados y en muchos otros, incluyendo varios que él mismo ha consagrado en películas de éxito. Difícilmente, por tanto, se podría imaginar a un director de temperamento más opuesto al de Philip K. Dick, quien, contra lo que Spielberg ha defendido de manera invariable en todos sus filmes, siempre desconfió de las instituciones gubernamentales y de la raíz puritana del American way of life, dudó de la razón cientificista en la que se basa el discurso positivo de la ciencia y la técnica de occidente y especuló, en más de una ocasión, sobre los azares que, contra el discurso habitual de predestinación y aun favor divino (como es el uso actual), condicionaron el ascenso mundial de los Estados Unidos como nación y podrían haber determinado situaciones geopolíticas muy diferentes.22

Previsiblemente, Sentencia previa es la única adaptación de un texto de Dick que no se limita a soslayar o disminuir el énfasis en las ideas más perturbadoras de su autor (como hacen todas las películas mencionadas hasta ahora incluyendo, en buena medida, a la propia Blade Runner), y en cambio se propone, a la par que refiere los hechos más o menos puntuales de la trama original, invertir su significado y ofrecer un discurso afirmativo y optimista. En este sentido, es la versión más consciente de la importancia de las ideas de Dick y, al combatirlas, dialoga con ellas de manera constante.

El Anderton de Spielberg (Tom Cruise) tiene una raíz distinta que el de Dick: más que su actividad como policía, se enfatiza su vida íntima. Divorciado tras la desaparición, nunca resuelta, de su único hijo, es un personaje fracturado, pues el hecho indica su fracaso como cabeza de familia en el sentido tradicional. Para escapar de la pena se droga: un signo (según el discurso del director) de debilidad y confusión, que le reprocha Burgess (Max von Sidow), en esta versión el inventor del sistema de predicciones de los precogs y jefe y padre sustituto de Anderton. Los dos están por perder el control de su proyecto: la película empieza cuando Witwer (Colin Farrell), un agente del gobierno federal de los Estados Unidos, llega a sus instalaciones de Precrimen para hacerse cargo de las mismas. La verdadera intriga, sin embargo, se desarrolla a partir de los pecados de otros padres, y no de manera espontánea, o inexplicable, como en el cuento. Anderton descubre que una de las precogs, Agatha (Samantha Morton), tiene visiones con el asesinato ya cometido de una mujer, y decide investigarlo. Al día siguiente se anuncia su crimen futuro; la víctima no será un líder político, como en el cuento, sino un tal Leo Crow (Mike Binder), a quien Anderton no conoce, pero cuando los dos se encuentran (tras varias persecuciones y combates escenificados para el lucimiento de Cruise y los técnicos de efectos visuales), el hombre afirma ser el secuestrador y asesino del hijo de Anderton, lo que en efecto lleva al policía, con toda su angustia convertida en rabia, a sacar su arma para asesinarlo.

Anderton se domina (con lo que repite la idea dickiana de que quien conoce su futuro puede modificarlo, pero a la vez muestra un carácter heroico, o por lo menos respetuoso de la ley); sin embargo, descubre que el “asesino” no lo era en realidad: chantajeado con amenazas contra la seguridad de su familia, se le pagó para que mintiese al policía y lo orillara al homicidio. No tarda en saberse que la muerta que obsesiona a Agatha es la de su propia madre, asesinada por Burgess para que nadie le disputara la custodia de la precog ni le impidiera utilizar su clarividencia. Al saber de las indagaciones de Anderton, Burgess dispuso el plan del asesino supuesto a sabiendas de que Anderton, de creerse ante el culpable de la desaparición de su hijo, trataría de vengarlo, y de que los precogs lo “verían”.

Como se ve, un hábito común de Spielberg: mostrar que la corrupción moral de sus villanos tiene profunda relación con su falta de respeto por la santidad de los vínculos de la familia, se repite en Sentencia previa en un juego de espejos entre Anderton, Burgess, Crow y la madre de Agatha.23 La conjura se explica con prolijidad en las secuencias finales de la película; superada su pérdida y castigado el auténtico villano, Anderton y su esposa se reúnen y conciben otro hijo. El resto es el fondo de esta historia y su resolución optimista, incluyendo una mirada mucho más esperanzada del futuro que la de Dick: el mundo de Sentencia previa es totalitario como el de “El informe de la minoría”, pero Spielberg lo presenta de manera amable, con muchas tomas espectaculares de los avances tecnológicos y la arquitectura del porvenir, más numerosas escenas destinadas a mostrar que, aun cuando están vigilados constantemente, los “buenos ciudadanos” nada tienen que temer de sus gobiernos.24

Podría argüirse que la obra de Dick, de suyo un autor posmoderno que propone una transformación constante –a veces monstruosa, otras carnavalesca– de sus propias fuentes, es capaz no sólo de resistir el falseo que suponen películas fallidas como El impostor o El pago sino la “discontinuidad” –para citar a Hutcheon (1989: 3-21)–, no necesariamente irónica pero sí activamente opuesta a la visión ética e ideológica del texto original, que propone Sentencia previa. Más cínicamente, se podría decir que, en todo caso, la discontinuidad se producirá, para la mayoría de los lectores futuros del texto, en sentido contrario, desde la película al cuento, y Dick podría leerse como una parodia de Spielberg, una re-hechura desesperanzada de su trama. El propio Dick, como desde la muerte, ya dejó en “El informe de la minoría” su opinión de todo esto: “[…] no voy a oír”, dice su Anderton, “la defensa de un código de conducta que ningún hombre inteligente estaría dispuesto a suscribir” (Dick 2003b: 77).
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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Carrére, Emmanuel. Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos. Philip K. Dick (1928-1982). Barcelona: Minotauro, 2002.

Dick, Philip K. “La paga.” Cuentos completos 1. Aquí yace el wub. México: Roca, 1990. 285-315.

Hutcheon, Linda. A Poetics of Postmodernism: History, Theory, Fiction. Nueva York, Routledge, 1989.

Pimentel, Luz Aurora,. El relato en perspectiva. Estudios de teoría narrativa. México: UNAM/Siglo XXI, 1998.

Pringle, David. Ciencia ficción. Las cien mejores novelas. Barcelona: Minotauro, 1990.

Todorov, Tzvetan. Introducción a la literatura fantástica. México: Coyoacán, 1994.

Torop, Peeter. “Intersemiosis y traducción intersemiótica.” Cuicuilco. Revista de la ENAH 25 (mayo-agosto de 2002): 13-41.

Vogler, Christopher. El viaje del escritor. Las estructuras míticas para escritores, guionistas, dramaturgos y novelistas. Barcelona: Robinbook, 2002.

Zavala, Lauro. “Un modelo para el análisis textual.” La precisión de la incertidumbre: posmodernidad, vida cotidiana y escritura (2ed). Toluca: UAEM, 1999. 129-157.

Textos digitales

Akgiray, Meva Ayşe. “From Science Fiction to Postmodernism in Three Novels of American Writer Philip K. Dick: Do Androids Dream of Electric Sheep, The Man In The High Castle, Valis.” 2004. (Tomado del sitio http://www.donadordealmas.com).

Beaumont, Charles. “The Bloody Pulps.” Playboy. Septiembre de 1962. (Tomado del sitio http://www.adventurehouse.com).

Dick, Philip K. Cuentos completos 2. La segunda variedad. 2003a. (Traducción colectiva; transcripción y digitalización realizadas por “Sadrac”. Tomado del sitio http://www.donadordealmas.com).

---. Cuentos completos 4. Los días de Perky Pat. 2003b. (Traducción colectiva; transcripción y digitalización realizadas por “Sadrac”. Tomado del sitio http://www.donadordealmas.com).

---. Cuentos completos 5. La pequeña caja negra. 2003c. (Traducción colectiva; transcripción y digitalización realizadas por “Sadrac”. Tomado del sitio http://www.donadordealmas.com)

Dretzka, Gary. “Late writer's clever ideas have launched many a Hollywood science fiction vehicle.” San Francisco Chronicle. 27 de diciembre de 2003. (Tomado del sitio http:// www.sfgate.com).

Kipen, David. “Visionary's Total Precall. Minority Report’s Future World the Work of Sci-Fi Writer Philip Dick.” San Francisco Chronicle. 25 de junio de 2002. (Tomado del sitio http:// www.sfgate.com).

McKie, Robin. “What a Clever Dick.” The Observer. 23 de junio de 2002. (Tomado del sitio http://www.donadordealmas.com).

Rose, Frank. “The Second Coming of Philip K. Dick.” Wired 11.12 (diciembre de 2003). (Tomado del sitio http://www.wired.com).

Filmografía

Duguay, Christian. Asesinos cibernéticos (Screamers). Estados Unidos, 1995. 108 minutos.

Fleder, Gary. El impostor (Impostor). Estados Unidos, 2002. 95 minutos.

Spielberg, Steven. Sentencia previa (Minority Report). Estados Unidos, 2002. 145 minutos.

Verhoeven, Paul. El vengador del futuro (Total Recall). Estados Unidos, 1990. 113 minutos.

Woo, John. El pago (Paycheck). Estados Unidos, 2003. 119 minutos.




Texto tomado de:http://cuentoenred.xoc.uam.mx/cer/numeros/no_12/articulos/Art%EDculoAlbertoChimal.doc.
Imagen tomada de:http://www.tatteredcoat.com/images/arnold-total-recall.jpg

lunes, 2 de julio de 2007

Ecos del Mundo Antiguo I y II


Por
Jesús Ademir Morales Rojas.

Idomeneo

Este adalid cretense se hizo célebre en todo el orbe por sus bélicas hazañas. Sus guerreros atavíos manifestaban la personalidad avasallante que lo distinguía: yelmo con colmillos de jabalí, escudo con la figura de un gallo. Su temeridad era ilimitada: luchó por el cadáver de Patroclo, se ofreció para enfrentar al gran Héctor, triunfó como púgil en los juegos fúnebres en honor a Aquiles. Y sin embargo este espíritu feroz, tal vez perdió la contienda más importante de todas. Al volver al hogar tras el saqueo de Troya, su flota se vio acometida por un tifón descomunal. Idomeneo cohibido, prometió a Poseidón sacrificar, por un regreso salvo a Creta, lo primero que se le presentase a la vista la retornar al hogar. Tal ser fue su hijo, que ilusionado por la vuelta del padre, lo había ido a recibir al puerto. Idomeneo, el siempre triunfador, cumplió con la palabra empeñada muy a su pesar. ¿Qué aconteció aquí? ¿Una victoria más a su palmarés intachable, o la más aciaga derrota del campeón que no pudo imponerse en el desafío definitivo ante su máximo rival: superarse a sí mismo a través de la piedad y el amor filial?
La respuesta quizá no tenga importancia.


Pigmalión


¿Cómo no ver en esta inolvidable figura una conmovedora representación del artista y su sentimiento? Desconfiado de las mujeres, incapaz de soportar despecho alguno, Pigmalión acudió a su talento para esculpir una fémina de mármol, una escultura de la diosa Afrodita. Le prodigaba todo tipo de ternuras: dormía con ella, le tocaba, le susurraba palabras de amor. Compadecida la diosa, una noche, y esto es descrito por Ovidio de un modo delicioso y gráfico, transformó paulatinamente la obra del enamorado, al ritmo de sus caricias anhelantes, en una joven hermosa: Galatea, con la que vivió muy feliz. Así entonces el artista es capaz de dar vida, su vida, a través de la inspiración y el deseo fervoroso de expresarse. Pero de igual modo, la historia de Pigmalión bien podría ilustrar la fascinación enfermiza de Occidente por su desarrollo tecnológico que le ha valido elaborarse un mundo particular que poco a poco va dejando de ser suyo y vital. Como si fuese un grotesco Pigmalión, que superando a Narciso, habiendo recibido el valioso obsequio de la diosa, lo rechazara airado, y se forjara otra consorte de mármol para abrazarla en la soledad y el silencio.


Nictimene

La bella Nictimene era hija de Epopeo, rey de Lesbos. En una ocasión nefasta, Epopeo se enamoró de la núbil princesa. Una versión del mito asegura que ella en un principio consintió en mantener las prohibidas relaciones, empero posteriormente, avergonzada de su proceder, se ocultó en un espeso bosque. Al percatarse de su honda pesadumbre, Atenea se llenó de clemencia y la transformó en lechuza, criatura que huye de la luz y sólo sale en el refugio de la oscuridad. Otra versión citada por Higinio, relata que por el contrario, Nictimene se resistió a los furiosos deseos del padre, quien no obstante la defensa desesperada, habiendo saciado su deseo, le quitó la vida para luego suicidarse. De igual manera la desdichada es convertida en el ave de la noche.
¿Cuál versión del mito es la que debemos aceptar?
Posiblemente la respuesta la tenga el incesante quejido de la lechuza entre las sombras de la floresta tupida y solitaria, pero tal vez también la tenga la permanente mirada de los ojos enormes y aterrados de Nictimene, que a lo mejor nos quiera decir silenciosa y angustiada, que el dolor por la desgracia ajena no requiere razones ni antecedentes, sino más bien precisa ser manifestado misericordiosamente, brindando unos brazos bien abiertos y unos ojos bien cerrados


Enone

El corazón femenino es un enigma.
Cada latido tiene un motivo, cada estremecimiento una finalidad cifrada.
Es un vértice en donde se congregan todo tipo de ansiedades, apetitos y esperanzas. El ritmo de su deseo tiene un recóndito código, confidencial e intrincado:
ni el Teseo más avezado podría adentrarse fácilmente en sus meandros complejos, con el fin de hacerse de los ocultos designios de sus amorosos afanes.
Sirva como testimonio de lo anterior la triste desventura de Enone.
Paris de Troya se enamoró de esta ninfa muy joven, siendo pastor en las laderas del monte Ida. Se unieron ardorosamente y de este vínculo Enone tuvo un hijo, el pequeño Corito. Al enterarse del proyectado rapto de Paris a Helena, la presagiante ninfa advirtió al príncipe troyano que no llevase a cabo tan temeraria empresa, pero fueron sus ruegos por demás ineficaces para persuadirlo. Finalmente Enone sumisa, le suplicó que acudiese a ella si acaso fuese herido en combate, pues nadie más que ella sería capaz de curarle.
Cuando a la postre fue herido de muerte por una flecha de Filoctetes, Paris retornó presuroso y afligido al monte Ida implorando a Enone que le curase, pero la ninfa despechada por el cruel abandono, se negó rotundamente. Así entonces, Paris murió. Algunas versiones del fatídico mito agregan que más tarde, arrepentida de su proceder, fue en pos del agonizante. Al descubrirlo muerto ya, ciertos escritores antiguos detallan que se ahorcó presa del remordimiento, otros que se precipitó en la pira funeraria de Paris.
De cualquier manera obsérvese un detalle importante:
Enone tenía el don de vaticinar el porvenir, ella supo de su infausto destino desde el primer acercamiento con Paris: aparentó felicidad aún sabiendo de su adversa fortuna futura; se mostró afligida ante la partida cruel aún sabiendo que Paris retornaría vencido y suplicante; demostró dolor ante la defunción irremediable, cuando en el fondo quizás ella lo que procuró desde un inicio fue precisamente poner a salvo a su amante para luego reunirse con él, más allá de la muerte, en las sombras seguras del Hades, para por fin sin caretas, sin secretos, ni interferencias, dedicarse a una contemplación mutua, fría pero sin perturbaciones, anodina más imperecedera.
Porque el corazón femenino es un enigma.
Y cada latido tiene un motivo y cada estremecimiento una finalidad cifrada.


Hipocrene

Pegaso fue un espléndido caballo alado que perteneció al héroe Belerofonte, quien se sirvió de él para matar a Quimera y derrotar a las Amazonas. Entusiasmado por estas hazañas Belerofonte forzó el vuelo de Pegaso para alcanzar al Olimpo. Zeus enfurecido provocó molestia en el divinal rocín que, encabritado, derribó a Belerofonte arrojándolo al vacío. De igual manera, la razón humana mal encauzada, sin que la contenga límite alguno, en vez de servirse de sus potencialidades para adentrarse con admiración y un venerar expreso al infinito enigmático que nos configura y trasciende, muy por el contrario, utiliza al mundo en su totalidad para idolatrarse, engullendo su entorno desaforada, con el turbio afán de serlo todo a través de un grosero pragmatismo y la sempiterna violencia, siguiendo una recta trayectoria a la autoconsumición .Y sin embargo, es posible que el brío del caballo celestial nos conduzca de igual manera a la otra cara de la moneda: durante el certamen entre las Musas y las Piéridas, el monte Helicón literalmente se hinchó de plácemes, motivo por el cual a punto estuvo de perturbar las olímpicas alturas. Neptuno entonces envió a Pegaso contra la cima impertinente. El rocín golpeó la montaña con sus cascos y la impelió así a retornar a sus dimensiones habituales. Justo en el paraje tocado por el divino animal brotó la fuente cristalina Hipocrene. Las Musas se reunían a su alrededor para felices cantar y entregarse a la danza. Por lo tanto, los favores del caballo alado no tienen porque ser forzados de ninguna manera posible, basta con acercarse amorosamente a las Musas, y con alegría dócil, beber del manantial de ensueños del Monte Helicón que se erige en la omnipresente región de la humana fantasía, para acceder así, a través de la intuición, del arte, y los sentimientos, al poder transmutarse en expresión pura, e indiferenciarse con el oleaje, siempre en cíclico movimiento, del eterno mar del ser.


Dido

Hija de Muto, rey de Tiro y hermana de Pigmalión, desposó a Siqueo, sacerdote de Heracles. Al morir el monarca, Pigmalión lo sucedió. Ansiando éste hacerse con los bienes de Siqueo dispuso su ejecución. Después, en sueños, el difunto consorte advirtió a Dido de estar en riesgo de ser la próxima víctima del homicida rey. Acompañada de un séquito numeroso la princesa abandonó Tiro. Se estableció entonces en África, y con tan buena fortuna y prosperidad creciente, que pudo fundar la ciudad de Cártago. Su rápido progreso provocó la envidia de Jarbas, rey de Getulia, que exigió a Dido en casamiento a cambio de la no destrucción de Cártago. Dido se opuso rotundamente a la voluntad de Jarbas durante largo tiempo, hasta que decidió al fin, inmolarse en las llamas de una pira humeante. Virgilio, romano estudioso de la mitología griega, aprovechó esta tradición para relatar en la “Eneida" como, al arribar azarosamente el héroe troyano Eneas a Cártago, Dido se enamoró por completo de él.
Celoso, Jarbas solicitó a Júpiter alejara de una vez al inoportuno extranjero. Eneas se liberó entonces de los pasionales ruegos de Dido por no dejarle partir y gobernar juntos la populosa urbe. Porque el deseo de la futura fundación de Roma pudo más en el alma de Eneas. Cuando el héroe partió a Italia, Dido, con el corazón destrozado, se suicidó.
La triste historia de Dido es como una flor de múltiples aromas, en donde cada uno aspira una esencia distinta pero al mismo tiempo poseedora del mismo trágico matiz.
En esta nota se propone imaginar que Virgilio ha mentido.
No hubo ningún extranjero gallardo y cautivador que arribara a Cártago. No hubo seducción alguna, ni auxilio de Cupido para entrelazar a los amantes: no se dio el tierno y erótico momento en una cueva solitaria en una tarde de cacerías y de tormenta. Nadie partió de Cártago dejándole desesperada con una ilusión perdida. Nadie. Porque tal vez Eneas sólo ha sido un sueño de la Dido acosada y sola, de la reina agobiada, de la mujer ambicionada, del ser humano hundido en la más absoluta impotencia. Y así por lo consiguiente, Eneas, Roma, la “Eneida”, Virgilio, la historia posterior de Occidente y tal vez hasta nosotros mismos hoy día, no seamos más que una ilusión de amor que Dido permitió dejar fluir libre y sin control alguno, como un acto de amor incondicional y entrega completa al ser ideal que consuela, y da vida, aún al quitarla. Sin duda, cuando Jarbas ya cercaba Cártago, cuando tenía casi a la mujer deseada en su poder, mientras Dido decidía mejor entregarse a las caricias dolorosas del fuego, tuvo entonces el bello sueño de un príncipe llamado a fundar una ciudad tan relevante que a la postre transformaría un mundo, y tanto amor le inspiró ese ser precioso nacido de sus más caros anhelos, que hasta fue capaz de permitirle volar por su cuenta, para fraguar su glorioso destino.
Quizás durante su último suspiro, cobijada ya en las cenizas tibias, Dido imaginó encontrarse a su amado, peregrino por el Inframundo. Allí, en donde un Eneas lleno de remordimientos trató de excusarse ante ella por renunciar a su pequeño mundo de ambos, lleno de amor y pasión, por otro material y enorme de fama imperecedera. El silencio conmovedor de Dido, ese silencio de despecho, de dolor, de rencor sin medida, ese silencioso alejarse hacia las sombras y a la silueta difusa de un equívoco Siqueo fantasmal, más bien podría ser, ese silencio, un ronco y mudo sollozo de renuncia y entrega amorosa sin medida.
Un amargo y dulce sacrificio.


Copyright © Jesús Ademir Morales Rojas. Todos los derechos reservados.

Imagen tomada de:
http://destinia.com/imglib/fotos/big/g/grecia_atenas_acropolis_001.jpg

Jorge Luis Borges: La Biblioteca Total



La Biblioteca Total
Por
Jorge Luis Borges.



El capricho o imaginación o utopía de la Biblioteca Total incluye ciertos rasgos, que no es difícil confundir con virtudes. Maravilla, en primer lugar, el mucho tiempo que tardaron los hombres en pensar esa idea. Ciertos ejemplos que Aristóteles atribuye a Demócrito y a Leucipo la prefiguran con claridad, pero su tardío inventor es Gustav Theodor Fechner y su primer expositor es Kurd Lasswitz. (Entre Demócrito de Abdera y Fechner de Leipzig fluyen —cargadamente— casi venticuatro siglos de Europa.) Sus conexiones son ilustres y múltiples: está relacionada con el atomismo y con el análisis combinatorio, con la tipografía y con el azar. En la obra El certamen con la tortuga (Berlín, 1929), el doctor Theodore Wolff juzga que que es una derivación, o parodia, de la máquina mental de Raimundo Lulio; yo agregaría que es un avatar tipográfico de esa doctrina del Eterno Regreso que prohijada por los estoicos o por Blanqui, por los pitagóricos o por Nietzsche, regresa eternamente.

El más antiguo de los textos que la vislumbran está en el prier libro de la Metafísica de Aristóteles. Hablo de aquel pasaje que expone la cosmogonía de Leucipo: la formación del mundo por la fortuita cojunción de los átomos. El escitor observa que lo átomos que esa conjetura requiere son homogéneos y que sus diferencias proceden de la posición, del orden o de la forma. Para ilustrar esas distinciones añade: «A difiere de N por la forma, AN de NA por el orden, Z de N por la posición.» En el tratado De la generación y corrupción, quiere acordar la variedad de las cosas visibles con la simplicidad de los átomos y razona que una tragedia consta de iguales elementos que una comedia —es decir, de las veinticuatro letras del alfabeto.

Pasan trescientos años y Marco Tulio Cicerón compone un indeciso diálogo escéptico y lo titula irónicamente De la naturaleza de los dioses. En el segundo libro, uno de los interlocutores arguye:»No me admiro que haya alguien que se persuada de que ciertos cuerpos sólidos e individuales son arrastrados por la fuerza de la gravedad, resultando del concurso fortuito de estos cuerpos el mundo hermosísimo que vemos. El que juzga posible esto, tambien podra creer que si arrojan a bulto innumerables caracteres de oro, con las veintiuna letras del alfabeto, pueden resultar estampados los Anales de Ennio. Ignoro si la casualidad podra hacer que se lea un solo verso.» [1)]

La imagen tipográfica de Cicerón logra una larga vida. A mediados del siglo XVII, figura en un discurso académico de Pascal; Swift, a principios del siglo XVIII, la destaca en el preámbulo de su indignado Ensayo trivial sobre las facultades del alma, que es un museo de lugares comunes —como el futuro Dictionnaire des idées reçues, de Flaubert.

Siglo y medio más tarde, tres hombres justifican a Demócrito y refutan a Cicerón. En tan desaforado espacio de tiempo, el vocabulario y las metáforas de la polémica son distintos. Huxley (que es uno de esos hombres) no dice que los «caracteres de oro» acabarán por componer un verso latino, si los arrojan un número suficiente de veces; dice que media docena de monos, provistos de máquinas de escribir, producirán en unas cuantas eternidades todos los libros que contiene el British Museum. [2] Lewis Carroll (que es otro de los refutadores) observa en la segunda parte de la extraordinaria novela onírica Sylvie and Bruno —año 1893— que siendo limitado el número de palabras que comprende un idioma, lo es asimismo el de sus combinaciones posibles o sea el de sus libros. «Muy pronto —dice— los literatos no se preguntarán, ‘¿qué libro escribiré?’, sino ‘¿cuál libro?’ «Lasswitz, animado por Fechner, imagina la Biblioteca Total. Publica su invención en el tomo de relatos fantásticos Traumkristalle.

La idea básica de Lasswitz es la de Carroll, pero los elementos de su juego son los universales símbolos ortográficos, no las palabras de un idioma. El número de tales elementos —letras, espacios, llaves, puntos suspensivos, guarismos— es reduciso y puede reducirse algo más. El alfabeto puede renunciar a la cu (que es del todo superflua), a la equis (que es una abreviatura) y a todas las letras mayúsculas. Pueden eliminarse los algoritmos del sistema decimal de numeración o reducirse a dos, como en la notación binaria de Leibniz. Puede limitarse la puntuación a la coma y al punto. Puede no haber acentos, como en latín. Afuerza de simplificaciones análogas, llega Kurd Lasswitz a veinticinco símbolos suficientes (veintidós letras, el espacio, el punto, la coma) cuyas variaciones con repetición abarcan todo lo que es dable expresar: en todas las lenguas. El conjunto de tales variaciones integraría una Biblioteca Total, de tamaño astronómico. Lasswitz insta a los hombres a producir mecánicamente esa Biblioteca inhumana, que organizaría el azar y que eliminaría a la inteligencia. (El certamen con la tortuga de Theodore Wolff expone la ejecución y las dimensiones de esa obra imposible.)
Todo estará en sus ciegos volúmenes. Todo: la historia minuciosa del porvenir, Los egipcios de Esquilo, el número preciso de veces que las aguas de Ganges han reflejado el vuelo de un halcón, el secreto y verdadero nombre de Roma, la enciclopedia que hubiera edificado Novalis, mis sueños y entresueños en el alba del catorce de agosto de 1934, la demostración del teorema de Pierre Fermat, los no escritos capítulos de Edwin Drood, esos mismos capítulos traducidos al idioma que hablaron los garamantas, las paradojas que ideó Berkeley acerca del Tiempo y que no publicó, los libros de hierro de Urizen, las prematuras epifanías de Stephen Dedalus que antes de un ciclo de mil años nada querrán decir, el evangelio gnóstico de Basílides, el cantar que cantaron las sirenas, el catálogo fiel de la Biblioteca, la demostración de la falacia de ese catálogo. Todo, pero por una línea razonable o una justa noticia habrá millones de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. Todo, pero las generaciones de los hombres pueden pasar sin que los anaqueles vertiginosos —los anaqueles que obliteran el día y en los que habita el caos— les hayan otorgado una página tolerable.

Uno de los hábitos de la mente es la invención de imaginaciones horribles. Ha inventado el Infierno, ha inventado la predestinación al Infierno, ha imaginado las ideas platónicas, la quimera, la esfinge, los anormales números transfinitos (donde la parte no es menos copiosa que el todo), las máscaras, los espejos, las óperas, la teratológica Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espectro insoluble, articulados en un solo organismo... Yo he procurado rescatar del olvido un horror subalterno: la vasta Biblioteca contradictoria, cuyos desiertos verticales de libros corren el encesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira.

1 No teniendo a la vista el original, copio la versión española de Menéndez y Pelayo (Obras completas de Marco Tulio Cicerón, tomo tercero, p.88). Deussen y Mauthner hablan de una bolsa de letras y no dicen que éstas son de oro; no es imposible que el «ilustre bibliófago» haya donado el oro y haya retirado la bolsa.

2 Bastaría, en rigor, con un solo mono inmortal.


Texto tomado de: http://www.analitica.com/Bitblio/jjborges/biblioteca_total.asp
Imagen tomada de:http://centros5.pntic.mec.es/ies.juan.de.mairena/laberintos2_archivos/image002.gif

Guy de Maupassant: La Cabellera




La Cabellera
Por
Guy de Maupassant


La celda tenía paredes desnudas, pintadas con cal. Una ventana estrecha y con rejas, horadada muy alto para que no se pudiera alcanzar, alumbraba el cuarto, claro y siniestro; y el loco, sentado en una silla de paja, nos miraba con una mirada fija, vacía y atormentada. Era muy delgado, con mejillas huecas, y el pelo casi cano que se adivinaba había encanecido en unos meses. Su ropa parecía demasiado ancha para sus miembros enjutos, su pecho encogido, su vientre hueco. Uno sentía que este hombre estaba destrozado, carcomido por su pensamiento, un Pensamiento, al igual que una fruta por un gusano. Su Locura, su idea estaba ahí, en esa cabeza, obstinada, hostigadora, devoradora. Se comía el cuerpo poco a poco. Ella, la Invisible, la Impalpable, la Inasequible, la Inmaterial Idea consumía la carne, bebía la sangre, apagaba la vida.

¡Qué misterio representaba este hombre aniquilado por un sueño! ¡Este Poseso daba pena, miedo y lástima! ¿Qué extraño, espantoso y mortal sueño vivía detrás de esa frente, que fruncía con profundas arrugas, siempre en movimiento?

El médico me dijo:

-Tiene unos terribles arrebatos de furor; es uno de los dementes más peculiares que he visto. Padece locura erótica y macabra. Es una especie de necrófilo. Además, ha escrito un diario que nos muestra de la forma más clara la enfermedad de su espíritu y en el que, por así decirlo, su locura se hace palpable. Si le interesa, puede leer ese documento.

Seguí al doctor hasta su gabinete y me entregó el diario de aquel desgraciado.

-Léalo -dijo-, y deme su opinión.

He aquí lo que contenía el cuaderno:

«Hasta los treinta y dos años viví tranquilo, sin amor. La vida me parecía sencillísima, generosa y fácil. Yo era rico. Me gustaban tantas cosas que no podía sentir pasión por ninguna en concreto. ¡Es estupendo vivir! Me despertaba feliz cada día, dispuesto a hacer las cosas que me gustaban, y me acostaba satisfecho, con la apacible esperanza de un mañana y un futuro sin preocupaciones.

«Había tenido algunas amantes sin haber sentido nunca mi corazón enloquecido por el deseo o mi alma herida por el amor después de la posesión. Es estupendo vivir así. Es mejor amar, pero es terrible. Los que aman como todo el mundo deben experimentar una felicidad apasionada, aunque quizás menor que la mía, porque el amor vino a mí de una manera increíble.

«Como era rico, buscaba muebles antiguos y objetos viejos; y a menudo pensaba en las manos desconocidas que habían palpado esas cosas, en los ojos que las habían admirado, en los corazones que las habían querido, ¡porque se quieren las cosas! A menudo permanecía durante horas y horas mirando un pequeño reloj del siglo pasado. Era una preciosidad, con su esmalte y su oro cincelado. Y seguía funcionando como el día en que lo compró una mujer, encantada de poseer esa fina joya. No había dejado de latir, de vivir su vida mecánica, y seguía siempre con su tictac regular, desde una época pasada.

«¿Quién sería la primera en llevarlo sobre su pecho, entre los tejidos tibios, mientras el corazón del reloj latía junto a su corazón de mujer? ¿Qué mano lo habría tenido entre la punta de los dedos cálidos, mirándolo por ambas caras una y otra vez y limpiando luego los pastores de porcelana empañados un segundo por el trasudor de la piel? ¿Qué ojos habrían acechado en la esfera florida la hora esperada, la hora querida, la hora divina?

«¡Cómo me habría gustado ver, conocer a aquella mujer que había elegido este objeto exquisito y raro! ¡Pero está muerta! ¡Estoy poseído por el deseo de las mujeres de antaño, amo, desde lejos, a todas aquellas que han amado! La historia de los cariños pasados me llena el corazón de pesar. ¡Oh, la belleza, las sonrisas, las jóvenes caricias, las esperanzas! ¿No debería ser eterno todo esto?

«¡Cuánto he llorado, durante noches enteras, pensando en las pobres mujeres de otro tiempo, tan bellas, tan tiernas, tan dulces, cuyos brazos se abrieron para el beso, y ya muertas! ¡El beso es inmortal! ¡Va de boca en boca, de siglo en siglo, de edad en edad; los hombres lo recogen, lo dan y mueren!

«El pasado me atrae, el presente me asusta porque el futuro es muerte. Lamento todo lo que se ha hecho, lloro por todos los que han vivido; quisiera detener el tiempo, detener la hora. Pero ella pasa, se va y me quita segundo tras segundo un poco de mí para la nada de mañana. Y no volveré a vivir nunca más.

«Adiós, mujeres de ayer. Las amo.

«Pero no tengo de qué quejarme. Encontré a aquélla a la que yo esperaba; y gracias a ella he disfrutado de placeres increíbles.

«Una mañana soleada iba vagabundeando por París, con el alma alegre y el pie ligero, mirando las tiendas con un vago interés de paseante ocioso. De pronto, en una tienda de antigüedades vi un mueble italiano del siglo XVII. Era hermoso y muy raro. Se lo atribuí a un artista veneciano llamado Vitelli, muy famoso en su época.

«Y seguí mi camino.

«¿Por qué me persiguió el recuerdo de ese mueble con tanta fuerza, haciéndome volver atrás? Me detuve ante la tienda para verlo de nuevo y sentí que me tentaba.

«La tentación es algo tan singular... Miramos un objeto y éste, poco a poco, nos seduce, nos turba, nos invade como lo haría un rostro de mujer. Su encanto entra en nosotros; extraño encanto que viene de su forma, de su color, de su fisonomía de cosa; y ya lo amamos, lo deseamos, lo queremos. Una necesidad de posesión nos invade, una necesidad débil al principio, como tímida, pero que crece, se hace violenta, irresistible.

«Y los comerciantes parecen adivinar en la llama de la mirada ese deseo secreto y creciente.

«Compré el mueble e hice que me lo llevaran inmediatamente a casa, poniéndolo en mi habitación.

«¡Oh, cómo compadezco a quienes desconocen esa luna de miel entre el coleccionista y el objeto que acaba de comprar! Lo acaricia con la mirada y la mano como si fuera de carne; vuelve a su lado en cualquier momento, piensa siempre en él vaya donde vaya, haga lo que haga. Su recuerdo vivo lo sigue en la calle, por el mundo, en todos los lados; y cuando vuelve a casa, antes incluso de quitarse los guantes y el sombrero, corre a contemplarlo con una ternura de amante.

«Realmente, durante ocho días adoré ese mueble. Abría en todo momento sus puertas, sus cajones; lo tocaba extasiado, disfrutando de todos los placeres íntimos de la posesión.

«Pero una tarde, mientras palpaba el espesor de un panel, me di cuenta de que debía de ocultar un escondite. Los latidos de mi corazón se aceleraron y me pasé la noche buscando el secreto sin llegar a descubrirlo.

«Lo conseguí al día siguiente, al introducir la hoja de una navaja en una hendidura del entablado. Una plancha se deslizó y percibí, extendida sobre un fondo de terciopelo negro, una maravillosa cabellera de mujer.

«Sí, una cabellera: una enorme trenza de cabellos rubios, casi pelirrojos, que debían de haber sido cortados junto a la piel y estaban atados por una cuerda de oro.

«¡Me quedé estupefacto, aturdido, temblando! Un perfume casi insensible, tan antiguo que parecía ser el alma de un olor, se escapaba del misterioso cajón y de la sorprendente reliquia.

«La cogí, despacio, casi religiosamente, y la saqué de su escondite. Entonces se liberó, derramándose en un torrente dorado que cayó hasta el suelo, espeso y ligero, ágil y brillante como la cola de fuego de un cometa.

«Una extraña emoción se apoderó de mí. ¿Qué era aquello? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué habían ocultado esos cabellos en el mueble? ¿Qué aventura, qué drama escondía ese recuerdo?

«¿Quién los había cortado? ¿Un amante en un día de despedida? ¿Un marido en un día de venganza? ¿O la que los había llevado en su frente en un día de desesperación?

«¿Fue antes de entrar en un convento cuando se arrojó ahí esa fortuna de amor, como una prenda dejada al mundo de los vivos? ¿Fue en el momento de cerrar la tumba de la joven y hermosa muerta cuando quien la adoraba se había quedado el cabello que embellecía su cabeza, lo único que podía conservar de ella, la única parte viva de su carne que no podía pudrirse, la única que podía amar todavía y acariciar y besar en sus momentos de rabia y de dolor?

«¿No resultaba extraño que esa cabellera hubiera permanecido incólume, cuando ya no quedaba ni un ápice del cuerpo del que había nacido?

«Fluía entre mis dedos, me hacía cosquillas en la piel con una caricia singular, una caricia de muerta. Me sentía conmovido, como si fuera a llorar.

«La conservé largo tiempo entre mis manos, y me pareció que se movía como si una parte de su alma se hubiera quedado escondida en ella. Entonces la volví a poner sobre el terciopelo deslustrado por el tiempo, cerré el cajón y el mueble y me fui a recorrer las calles para soñar.

«Caminaba siempre de frente, preso de tristeza, y también de desconcierto, de ese desconcierto que se nos queda en el corazón tras un beso de amor. Me parecía que ya había vivido antaño, que debía de haber conocido a aquella mujer

«Y los versos de Villon subieron a mis labios como lo haría un sollozo

Díganme dónde, en qué país
está Flora, la bella romana
Archipiade y Taís
que fue su prima hermana.
Eco, voz que lleva la fama
bajo río o bajo estanque;
cuya belleza fue más que humana.
Mas, ¿dónde están las nieves de antaño?

.......................................

La reina Blanca como un lis
que cantaba con voz de sirena,
Berta la del gran pie, Beatriz, Alix
y Haremburgis, que obtuvo el Maine,
y Juana, la buena lorena
que los ingleses quemaran en Ruán...
¿Dónde están, Virgen soberana?
Mas ¿dónde están las nieves de antaño!

«Cuando regresé a casa, sentí un deseo irresistible de volver a ver mi extraño hallazgo; y lo cogí de nuevo, y sentí, al tocarlo, un largo escalofrío que me recorría el cuerpo.

«Durante unos días, sin embargo, permanecí en mi estado habitual, aunque ya no me abandonaba el vivo recuerdo de aquella cabellera.

«En cuanto volvía a casa, necesitaba verla y tocarla. Daba la vuelta a la llave del armario con ese estremecimiento que tenemos al abrir la puerta de nuestra amada, ya que sentía en las manos y en el corazón una necesidad confusa, singular, continua, sensual de bañar mis dedos en aquel arroyo encantador de cabellos muertos.

«Luego, cuando había acabado de acariciarla, cuando había cerrado de nuevo el mueble, seguía sintiéndola allí como si fuera un ser viviente, escondido, prisionero; y la sentía y la deseaba otra vez; tenía de nuevo la necesidad imperiosa de volver a cogerla, de palparla, de excitarme hasta el malestar con aquel contacto frío, escurridizo, irritante, enloquecedor, delicioso.

«Viví así un mes o dos, ya no lo sé. Ella me obsesionaba, me atormentaba. Estaba feliz y torturado, como en una espera de amor, como después de las confesiones que preceden al abrazo.

«Me encerraba a solas con ella para sentirla sobre mi piel, para hundir mis labios en ella, para besarla, morderla. La enroscaba alrededor de mi rostro, la bebía, ahogaba mis ojos en su onda dorada, con el fin de ver el día rubio a través de ella.

«¡La amaba! Sí, la amaba. Ya no podía pasar sin ella, ni estar una hora sin volver a verla.

«Y esperaba... esperaba... ¿qué? No lo sabía. La esperaba a ella.

«Una noche me desperté bruscamente con el pensamiento de que no me encontraba solo en mi habitación.

«Sin embargo, estaba solo. Pero no pude volver a dormirme; y como me agitaba en una fiebre de insomnio, me levanté para ir a tocar la cabellera. Me pareció más suave que de costumbre, más animada. ¿Regresan los muertos? Los besos con los que la excitaba me hacían desfallecer de felicidad; y me la llevé a mi cama, y me acosté, oprimiéndola contra mis labios, como una amante a la que se va a poseer.

«¡Los muertos regresan! Ella vino. Sí, la he visto, la he tenido entre mis brazos, la he poseído, tal como era cuando estaba viva antaño, alta, rubia, exuberante, los senos fríos, la cadera en forma de lira; y he recorrido con mis caricias esa línea ondeante y divina que va desde la garganta hasta los pies siguiendo todas las curvas de la carne.

«Sí, la he tenido, todos los días y todas las noches. Ha vuelto, la Muerta, la bella Muerta, la Adorable, la Misteriosa, la Desconocida, todas las noches.

«Mi felicidad fue tan grande que no pude esconderla. Junto a ella experimentaba un arrobamiento sobrehumano, ¡la alegría profunda, inexplicable de poseer lo Inasequible, lo Invisible, la Muerta! ¡Ningún amante ha disfrutado nunca de gozos más ardientes, más terribles!

«No supe esconder mi felicidad. La amaba tanto que ya no quería estar sin ella. La llevaba conmigo, siempre, a todas partes. La paseaba por la ciudad como si fuera mi esposa, y la llevaba al teatro en palcos con rejas, como si fuera mi amante... Pero la vieron... adivinaron... me la quitaron... Y me han metido en la cárcel, como un malhechor. Me la quitaron... ¡Oh! ¡Miseria!...«

El manuscrito se detenía ahí. Y de pronto, mientras dirigía una mirada despavorida hacia el médico, un grito espantoso, un aullido de furor impotente y de deseo exasperado se alzó en el manicomio.

-Escúchelo -dijo el doctor-. Hay que duchar cinco veces al día a ese loco obsceno. El sargento Bertrand no fue el único en amar a las muertas.

Balbuceé, emocionado de asombro, horror y piedad:

-Pero... esa cabellera... ¿existe realmente?

El médico se levantó, abrió un armario lleno de frascos y de instrumentos y me lanzó, de una punta a otra de su gabinete, una larga centella de cabellos rubios que voló hacia mí como un pájaro de oro.

Me estremecí al sentir entre mis manos su tacto acariciador y ligero. Y me quedé con el corazón latiendo de repugnancia y de deseo, de repugnancia como al contacto de los objetos arrastrados en crímenes, de deseo como ante la tentación de algo infame y misterioso.

El médico prosiguió encogiéndose de hombros:

-La mente del hombre es capaz de cualquier cosa.



Texto tomado del sitio (excelente):http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/fran/maupassa/cabelle.htm
Imagen tomada de:http://www.la-litterature.com/images/19s_maupassant.jpg